sábado, 16 de octubre de 2021

Caminar solo y con audífonos


¿Quién soy cuando camino solo por la calle, escuchando música? Esa duda estuvo rondando hoy por mi mente, tras juntarme con unos amigos en un restobar para ver un partido importante de nuestro equipo de fútbol, Alianza Lima, que logró clasificar a la final del torneo peruano. Hubo júbilo. Salí un poco de mi mesura habitual y salté, grité, canté barras, me abracé con esos amigos, comí, tomé, socialicé... ¿Viví? 

¿Estuve viviendo? Esa pregunta me vino también en dos ocasiones. Primero se dio cuando aún me encontraba en ese lugar, luego de que la relativa adrenalina había pasado, así como la emoción de tenernos ahí los unos a los otros otra vez, después de un par de meses, hasta que la conversación se tornó más normal y tranquila. En ese momento, mientras los demás charlaban y yo, como casi siempre, escuchaba mucho e intervenía poco, me quedé observando también a otros grupos de amigos reunidos en las demás mesas del lugar. Había comenzado a "densear" otra vez, y a dudar nuevamente de qué tanto estaba viviendo el momento "como se debe".

Apreciaba las miradas y las sonrisas de quienes tenían bajada la mascarilla. Especulaba sobre lo que pudieran estar conversando, sobre sus vidas, sobre la historia de cada uno, sobre si alguien ahí también se encontraba sentado en su respectiva silla, pero con la mente en algún otro punto del restobar, o en otro lugar, o en algún otro momento en el tiempo, dentro de la cronología de su propia historia.

Terminó la reunión y una amiga me "jaló" en su taxi para dejarme relativamente cerca de mi casa, a un par de kilómetros, como para tomar yo otro taxi que me cobre poco. Le agradecí y ella siguió su trayecto, pero opté por caminar. No sé qué tanto se debió a que lo quería y qué tanto a que lo necesitaba, pero eso hice.

Puse mi playlist de canciones favoritas y empecé mi trayecto a pie por una avenida que he recorrido mucho desde que comenzó la pandemia como parte de mis salidas en bicicleta, cuando dicha actividad era la única "segura" para poder despejarme y respirar algo de aire fresco sin el riesgo de contraer la enfermedad. Pasé hoy por esas mismas calles con los audífonos puestos, sin felicidad ni tristeza; solo apreciando el contraste entre el panorama semi o postapocalíptico que representaban para mí meses atrás, mientras que ahora, aunque visualmente no lucían tan distintas, sí transmitían una sensación mucho más cercana a lo que llamamos "normalidad", a cómo eran las cosas antes de que el coronavirus llegara a nuestras vidas.

Se respiraba definitivamente un contexto distinto, sin la incertidumbre ni la desesperanza de hace unos meses o de hace un año y medio. Pero algo sí se mantenía inmutable: mi necesidad de soledad, la acción de canalizar mis energías con la música, el ejercicio de encerrarme en mí mismo para dejarme llevar por los sentimientos de las melodías, de las voces y de las letras, y desconectarme por completo de cualquier interacción previa, como si en ese momento se me hubiera drenado parte de mi energía.

¿Cuántos tiempo llevo haciendo esto y necesitándolo? Tenía 13 cuando, hospitalizado tras una apendicitis, le pedí a mi papá que llevara mi reproductor mp3 al hospital como si fuera lo más indispensable del mundo. Hoy, a poco más de un mes de cumplir 28 de edad, los audífonos y la soledad siguen siendo una necesidad imperante, un intermedio infaltable para reconectarme con alguna parte de mí que sigo sin lograr definir del todo. Y ya llevo 15 años así.

Por eso surgió esa duda: ¿quién soy cuando camino por la calle solo y escuchando música, al margen del mood en el que me encuentre? ¿Soy más libre? ¿más real? ¿más sincero conmigo mismo? ¿Qué hay exactamente dentro de esa zona de confort tan específica y que guardo tan celosamente? 

Para buscar un acercamiento más aterrizado a la respuesta, traté de encontrar algún adjetivo sobre cómo me encontré hoy a lo largo de esa caminata, pero todo quedó disperso. Estuve feliz y tranquilo por momentos, pero también triste, melancólico, reflexivo, resignado, expectante, analítico, todo eso dentro de pequeños lapsos que no sumaron una respuesta concreta. Solo puedo decir que es adictivo y que, siendo consciente de que la mayor parte de los sentimientos no son positivos, me rehúso por completo a dejar esta sagrada costumbre, este lugar tan cómodo que, aunque tal vez no sea lo más gratificante, es lo que conozco casi como un hogar.

Fue tras el final de esa caminata, al llegar a mi cuarto y sentarme en la computadora, que volví a preguntarme: ¿estoy viviendo? ¿son estos pequeños trances mi manera más auténtica de vivir, o representan, más bien, un escape de ello? Tal vez lo descubra pronto. O tal vez me llegue la muerte, algún día, sin que lo haya entendido jamás.

Bob Dylan - One Too Many Mornings


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Down the street the dogs are barkin’
En la calle, los perros están ladrando
And the day is a-gettin’ dark
y el día está oscureciéndose.
As the night comes in a-fallin’
A medida que la noche caiga,
The dogs’ll lose their bark
los perros perderán sus ladridos.
An’ the silent night will shatter
Y el silencio de la noche se quebrará
From the sounds inside my mind
por los sonidos del interior de mi mente,
For I’m one too many mornings and a thousand miles behind
porque tengo demasiadas mañanas y más de mil millas detrás.

From the crossroads of my doorstep
Desde el cruce de caminos de mi puerta
My eyes they start to fade
mis ojos comienzan a apagarse,
As I turn my head back to the room
mientras vuelvo mi cabeza hacia la habitación
Where my love and I have laid
donde mi amada y yo nos recostábamos.
An’ I gaze back to the street
Luego vuelvo a mirar hacia la calle,
The sidewalk and the sign
hacia la acera y el cartel,
And I’m one too many mornings an’ a thousand miles behind
y estoy en una de esas tantas mañanas con miles de millas detrás.

It’s a restless hungry feeling
Es una sensación frustrante
That don’t mean no one no good
que no es buena para nadie.
When ev’rything I’m a-sayin’
Cuando todo lo que estoy diciendo
You can say it just as good.
lo puedes decir tan bien como yo,
You’re right from your side
tienes un punto de acertado,
I’m right from mine
y yo también.
We’re both just one too many mornings an’ a thousand miles behind
Simplemente estamos en una de esas tantas mañanas con miles de millas detrás.




miércoles, 23 de junio de 2021

Pamela (Parte 2)

"Pamela"... Fue la primera palabra que pronuncié al despertar el viernes por la mañana, con una resaca bastante distinta en la que no sentía solo los efectos tardíos del alcohol. 

A la pequeña jaqueca y a la deshidratación se sumaban nuevas sensaciones como el ardor de mis labios tras sus mordidas, la suavidad de su cabello lacio aún palpable entre mis manos, y los rezagos de aquel vértigo causado por la música electrónica y las luces de neón bajo las que habíamos bailado. "Pamela", volví a decir para mis adentros, como confirmando que ese deseo contenido se había tangibilizado, había pasado a tener un nombre propio, unos misteriosos ojos, y unos intrigantes tatuajes que quería rozar con mis dedos durante toda una noche.

Eran casi las 11, pero en esas épocas de desempleo no importaba levantarme tan tarde un día de semana. Cogí expectante mi celular y ya había notificaciones de sus mensajes. 

"Lo que es mío"

Mentiría si les digo que recuerdo con exactitud la breve conversación que tuvimos apenas desperté, debido a las condiciones en las que me encontraba. En resumen, me habló sobre lo bien que lo había pasado anoche y que le parecía un chico bastante interesante. Yo le dije lo mismo sin mentir, aunque omitiendo que cada detalle de ella que me había intrigado se centraba, básicamente, en mis ganas de llevármela a la cama.

Sin embargo, sí llego a recordar con claridad dos de las cosas que me dijo antes de despedirse. Lo primero fue que se alistaba para salir a la chamba, ya que trabajaba como vendedora en una de las tiendas de ropa de la famosa cadena Zara. Comentó que le gustaba mucho la moda, y aunque yo sea un total inexperto en la materia, desde mi punto de vista puedo decir que se vestía bastante bonito.

Lo segundo fue una situación y una frase que le quedaron dando bastantes vueltas a aquel susceptible Damián del 2017, de pocos meses después de culminar nueve años de una muy tóxica relación sentimental. Tras bromear y coquetear por un rato en el chat, hubo un breve lapso en que tardé en contestar por atender otro mensaje sin mucha importancia. Luego, para cuando retomé con Pamela, vi que me había preguntado si estaba hablando con alguien más, junto al emoji de los ojitos suspicaces mirando hacia arriba.

Eso me tomó por sorpresa. Sé que el alcohol ayuda a exteriorizar los sentimientos más oscuros y los complejos más secretos de una persona, por lo que creí que los arranques de celos de Pamela en la discoteca habían brotado gracias a la cerveza. No obstante, en ese primer mensajeo y cuando ya se encontraba bien despierta, cambiada y lista para salir a trabajar, lanzó esa respuesta tan exagerada para los treinta segundos de más que me había demorado en escribirle.

—Oye, solo le respondía un mensaje a un amigo. Estoy hablando solo contigo— argumenté, junto a un emoji de carita guiñando un ojo.

—Si tienes que hablar con alguien más, por mí no hay problema, ah...

—Pamela, después de lo de anoche, ¿crees que alguien más que tú tendría mi atención ahora mismo?— Aunque respondía con algo de flojera y frustración, no mentía. Era cierto que solo ella estaba en mi mente.

—Está bien, disculpa. Solo me gusta cuidar lo que es mío.

Cuando pienso en las primeras sensaciones que surgieron en mi yo de entonces, me siento un poco tonto. Muchos chicos se habrían encendido con esa última oración, se habrían imaginado a la fémina en una actitud ardientemente posesiva, en el único contexto en que esa cualidad podría resultar atractiva. Total, ¿no quería solo algo casual? ¿Qué importaba si ella era así de controladora con sus parejas, si yo no pasaría a ser uno de ellos? Se suponía que lo razone así, pero mis traumas salieron a relucir antes que nada y su frasecita la recibí más como una bandera roja que como parte del ligue.

No fui tan torpe como para responder de manera cortante, pero medio en broma, medio en serio, le dije que yo no le pertenecía a nadie, así como ella tampoco, que ninguna persona era propiedad de otra, pero que por mi propia voluntad moría de ganas de volverla a ver esa misma noche, en el mismo lugar, ya sin hermanos, primas o amigos que nos interrumpieran.

Pensó que jugaba y siguió coqueteando. Contestó que veía un poco difícil acudir a la cita porque se encontraban en una campaña fuerte de ventas y probablemente trabajaría hasta muy tarde por la noche, pero haría todo lo posible por ir. Como en la zona rock de la discoteca habría un tributo a The Strokes que me interesaba, le indiqué que yo iría de todas maneras para tomarme un par de tragos y ver solo a la banda, en el peor de los casos, aunque esperaría el escenario ideal en que ella me dé el alcance para pasarnos a la zona de música electrónica y conversar, embriagarnos, bailar, y lo que tuviera que venir después... Bueno, eso último no se lo dije, pero sí que lo pensé.

Notarán, pues, lo empoderado que me sentía para ese momento, en contraste con toda la inseguridad de la que hablé en la primera parte de esta historia. Le resultaba atractivo e interesante a una chica muy atractiva e interesante, y eso no era algo que se me diera así no más en la vida.

Is This It?

Hice ejercicios, me bañé, me perfumé y partí hacia la discoteca. No sé si fue por mis ansias de que las cosas sucedieran, pero llegué bastante temprano. La banda tributo recién estaba instalándose en el escenario y decidí ir por mi primera cerveza de la noche. Cuando empezó a sonar el riff de "You Only Live Once", escribí un mensaje para Pamela.

Le envié una foto de mi cerveza y de la banda tocando de fondo. No sabía qué música le gustaba o si la imagen rockera le diría algo, pero era mi manera de comunicarle que ya estaba en el lugar esperándola. Me respondió: "Creo que sí la hago, pero llegaré como a las 11. Estamos con bastante trabajo". Eran las 9:30 p. m., por lo que, al parecer, alcanzaría a ver toda la tocada hasta que mi cita entrara por la puerta de la discoteca... Si es que llegaba.

Sí, eso fue raro. Para lo pesimista que suelo ser, salí de mi casa con bastante ímpetu e imaginándome por completo cómo sería toda la velada cuando, en realidad, Pamela nunca llegó a confirmarme al 100% si podría ir. Entonces, fue recién en ese momento, ya con un par de vasos de chela encima, que entré en cuenta de que esa noche podía terminar el concierto y adiós: a casa y a dormir.

Los minutos transcurrían lento y yo iba disfrutando menos las canciones. Sonaron hitazos como "Last Nite", "Under Cover of Darkness", y hasta mi favorita, "Someday", pero me iba concentrando cada vez menos en la música y cada vez más en lo estúpido que me iba a sentir si Pamela no iba. Traté de guardar la compostura y no escribir demasiado, le preguntaba cada cierto tiempo cómo iba o si podría llegar, le aseguraba que la noche estaba genial y que solo faltaba que ella se aparezca para tener el viernes que tanto había esperado. Me respondió, pasado un rato, que le quedaba poca batería y se le apagaría el celular. Y se le apagó. Mis siguientes mensajes aparecían con un solo check en WhatsApp.

Para ese momento, la ansiedad se convirtió en resignación. No vendría. Me floreó, me plantó, me apagó el celular, no quiso venir, no le intereso, no valgo la pena... Me había creído interesante, aunque fuera solo para una entre muchas extrañas e indiferentes, pero solo soy un pobre diablo. Así de inestable era por entonces y la ley de la gravedad actuó inclemente: después de todo lo que me alcé, se vino un tremendo bajón emocional. 

La tocada de la banda tuvo un cierre bastante raro y anticlimático. Pudieron haber elegido cerrar con "Last Nite" o con "Reptilia", por lo icónicas que son ambas canciones y por toda la energía que cargan, pero decidieron irse con la querida pero lenta "Is This It". Hijos de puta. Parecía como si lo hiciesen a propósito.

Can't you see I'm trying?

I don't even like it

I just lied to

Get to your apartment

Now I'm staying

There just for a while

I can't think 'cause

I'm just way too tired...

Is this it?

Is this it?

Is this it?

El alcohol subía y mi estado de ánimo continuaba en franco descenso. Culminó la tocada y la gente rockera que fue al tributo se quedó tomando, cada quien con su respectivo grupo de amigos. Saqué el celular para verme menos descolocado, pero seguía sintiéndome como el más perdedor de todos los allí presentes.

Me trasladé a la zona reggaetón para ver cómo estaba el panorama. Había más grupos de amigos y chicas lindas que bailaban alegremente, que parecían disfrutar de la vida y de la juventud que a mí me absorbieron por tanto tiempo. Mi sesgo era absoluto. Estaba absorto en lo infeliz que me sentía, no porque me plantaran, sino por mi última década entera de vida. Y mientras sentía lástima por mí mismo, me era imposible ver que tal vez muchas de esas sonrisas no eran tan reales, y que detrás de ellas podía haber más de una historia igual o peor que la mía. La razón tenía que hacerme pisar tierra de nuevo, pero el alcohol le estaba ganando la batalla.

Después de un rato, sí llegué a ver algo más en todas esas mujeres que disfrutaban de la música: que ninguna de ellas bailaría con un tarado que se para solo en un rincón de la pista de baile, a observar la alegría del resto como algo tan ajeno. Así, descarté en solo un par de segundos la idea de tratar de replicar, con alguien nuevo, lo ocurrido en la noche anterior con Pamela. No, campeón, not gonna happen. Solo tuviste suerte esa vez y ya se te terminó.

Sin embargo, por alguna razón me rehusaba a volver a casa. Tal vez, si salía a tomar un poco de aire y hacía tiempo hasta sentirme un poco menos mareado, podría regresar con energías renovadas y cuando hubiera chicas nuevas, y atreverme a intentar hablarle a alguna. 

Sé que todo esto este rollo había comenzado con mis ganas de tener sexo casual, pero a estas alturas, más que llenar ese antojo carnal, mi meta era demostrarme que podía gustarle a alguien por una cuestión de autoestima. De verdad necesitaba que una persona nueva, alguien que no fuera Rebeca, me lo confirmara.

Compré un par de cigarrillos y caminé hasta los alrededores de un famoso hotel ubicado en el Centro de Lima. No era muy seguro caminar solo por ahí a esa hora, pero andaba en mi faceta más irracional y me movía con la desidia que suele acompañar a quien no se valora a sí mismo. Saqué mi celular, mis audífonos, y comencé a escuchar mi playlist de canciones depresivas mientras exhalaba lentamente el humo.

Contemplaba a lo lejos a parejas que pasaban, a muchachos bebiendo ron en alguna banca, a universitarios discutiendo sobre política. Empecé a sentirme cómodo en ese papel, el de un fantasma merodeando entre la vida nocturna de la capital, intangible, desapercibido, un mero espectador de una normalidad a la que no pertenecía. Sin embargo, cuando me dije que fumaría un último cigarrillo antes de retirarme, sentí la vibración en mi bolsillo.

—Damián, estoy en la zona electrónica. ¿Por dónde andas?


The Strokes - Is This It


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Can't you see I'm trying?
¿No ves que lo intento?
I don't even like it, I just lied to
Ni siquiera me gusta, solo mentí.
Get to your apartment, now I'm staying
Llegué a tu departamento, ahora me estoy quedando
Here just for a while
aquí solo por un tiempo.
I can't think 'cause I'm just way too tired
No puedo pensar porque estoy demasiado cansado.

Is this it?
¿Eso es todo?
Is this it?
¿Eso es todo?
Is this... it?
¿Eso es... Todo?

Said they'd give you anything you ever wanted
Dije que ellos te dan todo lo que siempre quisiste;
When they lied, I knew it was just stable children
cuando mintieron, supe que eran solo unos niños
Trying hard not to realize I was sitting right behind them
intentando no darse cuenta de que yo estaba sentado justo detrás de ellos.
Oh dear, can't you see? It's them it's not me
Oh, querida, ¿no lo ves? Son ellos, no soy yo.
We're not enemies; We just disagree
No somos enemigos, solo discutimos
If I was like them all pissed in this bar
si yo soy como ellos, un amargado en este bar.
He changes his mind, says I went too far
Él cambia de opinión, dice que fui muy lejos.
We all disagree
Estamos en desacuerdo.
I think we should disagree, yeah
Creo que deberíamos estar en desacuerdo, sí.

Is this it
¿Eso es todo?
Is this it
¿Eso es todo?
Is this it
¿Eso es todo?

Can't you see I'm trying?
¿No ves que lo intento?
I don't even like it, I just lied to
Ni siquiera  me gusta, solo mentí.
Get to your apartment, now I'm staying
Llegué a tu departamento, ahora me estoy quedando
Here just for a while
aquí solo por un tiempo.
I can't think 'cause I'm just way too tired
No puedo pensar porque estoy demasiado cansado.

miércoles, 16 de junio de 2021

Elige tu veneno

Cualquier paciente con depresión severa podría burlarse de mí, o enojarse, o indignarse por los lamentos que vengo a soltar a este blog cuando mi vida no es realmente desastrosa, o cuando mi problema mental es tan relativamente bajo que solo necesito, al menos por ahora, una sertralina al día para la depresión y media pastilla de clonazepam a condición, solo para ataques o cuadros muy fuertes de ansiedad que nunca suelo tener.

Pero tal vez ese sea justo el problema: esa pequeña dosis, esa ambigüedad, ese "casi no necesitas esta medicina", porque me hace dudar mucho sobre cuál es mi verdadera noción de la vida. ¿Es fea o linda? ¿Cuál es mi verdadero grado de optimismo? ¿Qué tan positiva o negativa es mi naturaleza?

Esas dudas me embargaron hoy tras una madrugada en la que me costó un poco dormir, una mañana en la que me quedé dormido de largo, y una tarde-noche en la que tuve muy poco apetito; es decir, tras las primeras manifestaciones de mi cuerpo readaptándose a la sertralina. Es en esos primeros días de medicación que suelen venirme estos cuestionamientos.

Puedo ver la medicina de dos maneras: como un instrumento que me ayuda a limpiar el cristal empañado con el que la depresión, químicamente, me hace apreciar las cosas; o lo que más me asusta: como una droga que me ayuda a dar más color a un mundo que verdaderamente es gris.

Odio ser engañado, pero sobre todo, odio los cachetazos de realidad que representan los desengaños. En mi vida he sufrido más de uno que se sintió como un puñal, de parte de personas y de parte de hechos o situaciones traídas por el azar. Tras esas vivencias diría que solo el amor, solo la mujer a la que hoy amo, logró que bajara la guardia y logre ilusionarme, soñar, entregarme a la incertidumbre de una vida juntos bajo la fe de que todo saldrá bien, dentro de una humanidad en la que esas historias son vistas con cada vez mayor escepticismo.

Esa es una enorme excepción, vaya que sí. Cuántas personas quisieran, no digamos encontrar a alguien real que les haga sentir así, sino simplemente tener la capacidad de ilusionarse de esa forma. Soy consciente de ello y lo agradezco todos los días. Sin Sabrina estaría completamente perdido, pero... Todos los demás ámbitos de la vida, los que no dependen de ella, son los que nunca puedo mirar con esperanza desde hace muchos años, cuando no estoy medicado. Ahí está el dilema.

Hoy recordé también a Diane Nguyen, mi personaje favorito de la brillante serie animada de Netflix, Bojack Horseman. No quiero desviarme contando la trama ni soltando un gran spoiler, así que solo comentaré lo que resulta relevante para este texto.

Hay un momento en que ella, una escritora que nunca llegó a trabajar en LA obra de su vida, entra en una encrucijada cuando le recetan medicinas para sus fuertes e insoportables cuadros de depresión y ansiedad. El libro que planeaba escribir iba sobre su tormentosa infancia, sobre sus desventuras y todas las cosas y personas que le hicieron daño a lo largo de su vida. Diane quería que ese fuera su legado para todas las mujeres que pudieran encontrar no solo una historia con la cual identificarse, sino también un espejo en el cual mirarse para evitar más malas decisiones.

Ese momento de la serie me estremeció. Fue muy duro para mí verla resistiéndose al bienestar, rechazando el medicamento, temerosa de lo que representaba dejar atrás esos fantasmas que, para ella, representaban su propia identidad y lo que casi siempre conoció. ¿Cómo lograría esa introspección hacia lo más profundo de sí misma para escribir su historia, si unas pastillas la iban a apartar de esas penas que, para bien o para mal, la habían forjado como persona?

En otra referencia a la cultura popular, está la icónica escena de la película Matrix, cuando Morfeo ofrece a Neo las dos píldoras entre las que deberá elegir: la azul que le permitirá olvidar que vive en una simulación virtual, o la roja, que le abrirá los ojos a la realidad posapocalíptica de la que forma parte. Si me preguntan, yo elegiría la roja sin dudarlo, siempre.

Si me permiten una última referencia, esta vez literaria, alguna vez leí una reflexión sobre Un Mundo Feliz y la invención de los antidepresivos en los años 50, un par de décadas después de que se publique el célebre libro de Aldous Huxley. En su momento, muchos compararon a los antidepresivos con el soma, la medicina ficticia con la que el régimen mantenía controlada a la población en la novela, ya que esta hacía que el consumidor se sintiera feliz y realizado, sin importar cualquier miseria personal o de los individuos alrededor.

Sé que un psicólogo o un psiquiatra que me lea podría sentirse mortificado por la ligereza con la que hago estas reflexiones, sin ningún estudio o respaldo científico sobre cómo funcionan realmente los medicamentos, y omitiendo que además de la medicina está el tratamiento psicológico para aprender a encarar la vida sin dichas sustancias, al menos en pacientes que no tengan alguna patología grave.

Soy un gran ignorante del tema, pero aún así, me parece que mi cuestionamiento resulta legítimo y que estas reflexiones filosóficas (digamos que lo son) no pueden ser satisfactoriamente respondidas por ningún profesional de la salud, o por ningún ser humano sincero y aterrizado.

¿Qué va a pasar conmigo cuando las pastillas sigan haciendo efecto y, en un par de semanas, mi estado de ánimo mejore? ¿Seguiré siendo yo? ¿Perderé algo de mi esencia? ¿Bajaré la guardia ante los embates del futuro?

Alguien podría decirme que no sea tan idiota, que lo más importante en la vida es la felicidad, el bienestar, y no la búsqueda de respuestas a preguntas tan complicadas e inútiles. Pero no puedo evitarlo. La consistencia del personaje que represento en el mundo, su coherencia, el claro entendimiento de sus motivos, de las cosas que lo convirtieron en lo que es, me importan demasiado cuando una puta pastilla no me ayuda a apaciguar mi intranquila mente.

No tengo una prosa muy brillante que digamos, y tampoco es que escriba mucho, pero mis escritos favoritos son los que, generalmente, me salen cuando estoy sumergido en lo más negativo y denso de mis sentimientos. Por otro lado, mi conexión con la música triste, la que más amo, nunca se da igual que como cuando estoy deprimido. Mis canciones favoritas nunca son tan buena compañía, ni tan buenas amigas como en esos bajos momentos. No puede decirse, entonces, que no esté perdiendo nada importante al iniciar nuevamente este tratamiento.

Repito: sé que alguien podría decirme que no sea tan idiota, que renunciar a esos pequeños momentos de intimidad y vulnerabilidad es un precio totalmente razonable a cambio de la paz mental. Pero entiéndanme: tengo miedo. La tristeza lleva muchos años siendo una zona de confort, un lugar familiar, un hogar que me acoge y al que siempre puedo volver en medio de cualquier incertidumbre. Tengo con ella un cordón umbilical bastante difícil de cortar.

Para concluir, quisiera enfatizar que escribo estas últimas líneas bajo ese temor, como si las redactara una versión de mí (¿la verdadera?) antes de entrar en un coma inducido médicamente. Porque no quiero olvidar. No quiero una identidad indefinida, pero tampoco quiero que estos lamentos la constituyan solos. No quiero enterrar lo que llevo siendo tanto tiempo, lo que conozco, pero tampoco quiero ser infeliz.

No sé qué seguirá desde aquí, no sé qué desear que ocurra exactamente, más allá de la obviedad de sentirme más tranquilo.


Radiohead - Nude


Don’t get any big ideas
No tengas grandes ideas,
They’re not gonna happen
éstas no van a ocurrir.
You paint yourself white
Te pintas a ti mismo de blanco
And fill up with noise
y te llenas de ruido,
But there’ll be something missing
pero siempre habrá algo que haga falta.

Now that you’ve found it it’s gone
Ahora que lo encontraste, se ha ido;
Now that you feel it, you don’t
ahora que lo sentiste, no lo sientes.
You’ve gone off the rails
Te has salido de las vías.

So don’t get any big ideas
Así que no tengas grandes ideas,
They’re not gonna happen
éstas no van a ocurrir.
You’ll go to hell
Te irás al infierno
For what your dirty mind is thinking
por aquello que tu sucia mente está pensando.



lunes, 14 de junio de 2021

¿Te desvaneces?

Hoy vuelvo a terapia. Aquí estoy una vez más, sentado y a la espera de una cita con el psiquiatra, tras haber abandonado la medicina y el tratamiento por sentirme bien y seguro, por esa ilusa certeza de que las cosas tomarían un buen rumbo en mi vida.

No puedo decir que no me lo esperaba. No debería decirlo, en todo caso. He vivido lo suficiente y me conozco lo suficientemente bien como para saber que esto es cíclico, que un tiempo estás bien y tres Doritos después la vida vuelve a ser la misma película desesperanzadora de casi siempre.

En el fondo de mi ser debía saberlo, sobre todo por lo cínico y aterrizado que siempre me he jactado de ser. Pero supongo que no. Soy un ser humano más que quiere abrazar esa zona de confort, sentir que su historia tiene un rumbo ascendente; con algunos tropezones y pasos hacia atrás, claro, pero que finalmente encontrará su rumbo y alcanzará ese cierre de arco satisfactorio, su "vivió feliz para siempre". 

Qué ridiculez, maldita sea. Qué ingenuos puede volvernos la calma momentánea de unos meses.

Pero bueno. Me estoy desviando. Estoy haciendo parecer esto como un monólogo, cuando en realidad es otra carta no enviada para ti, Rebeca, una actualización imaginaria más que te escribo sobre las secuelas de tu miserable paso por mi vida.

Hoy volví al mismo centro de salud mental, al mismo lugar al que vine hace un año por el, por entonces, insoportable peso de los fantasmas de nuestro pasado, que tanto se aparecieron en aquellos primeros meses de confinamiento por la pandemia.

Vuelvo al mismo lugar, pero felizmente, no al mismo punto exacto en el que me encontraba. Hoy mis tormentos son otros y están bastante más orientados al presente y al futuro.

Te apareces bastante menos que antes en mis pensamientos, en mis pesadillas, en esos flashbacks que mi mente parecía utilizar como desahogo para todo el dolor que recolecté durante nuestra patética historia de amor y codependencia. Si es que a eso se le podía llamar amor, por supuesto. 

Visto en retrospectiva, imagino que esas regresiones eran el equivalente mental a la pus que brota cuando aún no cicatriza una herida infectada, o varias de ellas, para ser precisos, producto de puñaladas a traición. Tarde o temprano, después de limpiarlas tantas veces, los anticuerpos hacen su trabajo y van deshaciéndose de aquello que no le hace bien a un organismo. Al final, el tiempo es la mejor medicina para la mayoría de los males.  

Mis penas, hoy, las adjudico bastante menos que antes a tu recuerdo; y aunque la depresión se sienta bastante similar que hace un año, o que hace cinco años, no tiene el mismo color. Como diría Silvio Rodríguez, no es lo mismo, pero es igual.

Hoy la vida es gris, como lo fue durante largos tramos de mi existencia y como seguramente lo volverá a ser más adelante, pero que no seas parte de ella, o lo seas cada vez menos, es todo un avance y un motivo para darme a mí mismo unas palmadas en la espalda, supongo. Por fin te voy dando lo que siempre mereciste desde que tomé la sabia decisión de dejarte: indiferencia. Sé que puede verse muy contradictorio desde esta carta imaginaria, pero yo me entiendo. 

Veremos si vuelvo a ponerte al corriente dentro de un año, aunque, si las cosas salen bien, seguramente ni me acordaré de hacerlo.

Eso sí: si algún día vuelves a asomarte en la vida real, ten por seguro que te mandaré bien a la mierda. Eso no ha cambiado.


Gustavo Cerati - Adiós


Suspiraban lo mismo los dos
Y hoy son parte de una lluvia lejos
No te confundas, no sirve el rencor
Son espasmos después del adiós

Ponés canciones tristes para sentirte mejor
Tu esencia es más visible
Del mismo dolor, vendrá un nuevo amanecer

Tal vez colmaban la necesidad
Pero hay vacíos que no pueden llenar
No conocían la profundidad
Hasta que un día no dio para más

Quedabas esperando ecos que no volverán
Flotando entre rechazos
Del mismo dolor, vendrá un nuevo amanecer

Separarse de la especie por algo superior
No es soberbia, es amor
No es soberbia, es amor
Poder decir adiós... Es crecer


 

jueves, 13 de agosto de 2020

Simbiosis

 

Sobre las once de la noche, Rebeca tenía la certeza de que le quedaban como máximo unos veinte minutos despierta. El coctel de píldoras que tomaba religiosamente, al menos por aquella época, la hacían caer rendida en un sueño profundo e infranqueable. En poco tiempo ella se ausentaría para volver a dejar a Damián solo con sus pensamientos, observando la habitación silenciosa y oscura.

Era sábado. Los pocos amigos del muchacho, todos ellos en sus tempranos veintes, se encontraban seguramente celebrando en algún lugar, teniendo una reunión bohemia conversando sobre fútbol, o alguna noche maratoneando con videojuegos. Otras ideas posibles eran la de juntarse a conversar en un bar con un par de whiskies, o simplemente quedarse en casa con alguna serie o película de Netflix.

Dos reflexiones cruzaron la mente de Damián. La primera fue que sus amigos no podían abarcar todas esas actividades a la vez, porque la verdad era que él tenía muy pocos y los sentía cada vez más lejanos. De hecho, ¿qué estaría haciendo realmente Karl? ¿Se encontraría en casa riendo junto a sus amigos más contemporáneos, mientras se fuman todos unos pequeños porros de marihuana? ¿Y Fernando? ¿estaría en alguna fiesta "haciéndola" con alguien? Damián ni siquiera sabía si su mejor amigo, en ese momento, tenía novia. La segunda reflexión se sentía cruel, pero era muy palpable: cualquiera de esos planes hipotéticos parecía mejor que otra noche contemplando los pesados párpados de Rebeca.

Desde la cama, ya con las luces apagadas, el chico observó el cielo nocturno a través de la ventana y se concentró en el silencio, en la pasividad del acomodado barrio de ella que siempre se acostaba temprano, que no tenía ambulantes ni negocios informales que extendieran sus horarios hasta horas de la madrugada, careciendo de bullicio alguno. Sí, cualquier cosa parecía mejor que estar ahí, pero si no tuviese que pasar otro fin de semana acompañándola, cuidándola, ¿realmente tendría a dónde ir? ¿realmente percibiría ese sentido de pertenencia, camaradería y vivacidad? Además de su propia casa, ¿tenía él otro lugar que no fuera el de su mitad en aquella cama? No. Cualquier relación cercana con otros seres humanos parecía más lejana que lo que su novia se encontraría en pensamiento, una vez que los antidepresivos y ansiolíticos hicieran lo suyo.

Recordando que a ella aún le quedaban unos 10 minutos bien despierta, Damián devolvió la mirada al interior del cuarto, fijándola con frialdad en el techo. Con un poco menos de temor a expresarse libremente, esperando acaso que Rebeca no recordara nada al día siguiente, el muchacho buscó las palabras menos hirientes para expresar lo que sentía cada noche de sábado.

—De verdad no quiero desmerecer todo lo que has hecho por mí. Sabes que lo aprecio muchísimo y siempre estoy agradecido por toda tu entrega conmigo, con lo nuestro, pero... ¿No has pensado en que nuestra relación no es precisamente saludable?

Rebeca se acurrucó en su pecho cariñosa, ya un poco adormilada. Lo abrazó y, mirando a una pared, le contestó en un tono suave y neutro, pero sin poder ocultar del todo la preocupación ante la pregunta.

—¿Pero acaso no estamos bien?

Damián empezó a sentirse ansioso. Así comenzaban muchas de las discusiones sobre el grado de compromiso y el valor que cada uno tenía por la relación. Sin embargo, verla cada vez más somnolienta le traía alivio. Llevaba incontables fines de semana como ese y ya se sabía de memoria todo el proceso: para la mañana del domingo, Rebeca no recordaría lo hablando durante la última media hora despierta.

—Sí, lo estamos. No es que haya un problema entre nosotros, pero siento que está mal esta sensación de que, si no estuviera aquí contigo, realmente no tendría nada más que hacer ni nadie cercano con quién compartir. Y tú tampoco, y lo sabes.

—Bueno, sí, es verdad. Pero yo realmente no siento la necesidad de hacer otra cosa ni de pasar tiempo con otras personas. Solo me importa hacer mis cosas y el tiempo que tengo contigo.

—Ya lo sé, pero ese tal vez sea TU modo de ser. Así te conocí y no está mal, pero yo no era igual. ¿Recuerdas cuando teníamos 15? Siempre iba un viernes o un sábado en la noche a visitar a Karl, y los domingos en la mañana jugaba fútbol con Fernando, o lo buscaba para conversar. También ha pasado bastante tiempo desde que fui por última vez a un bar con mi hermano. No lo sé... No se siente bien el hecho de que no tengo otras opciones, más allá de que yo elija estar aquí contigo.

—¿Cuál es tu punto?— La repregunta de Rebeca llegó débil, casi como un susurro.

—Tenemos una dependencia el uno del otro que no está bien y que está cada vez más marcada. Me siento cada vez más lejos de todos, más extraño, más desconocido. Es como si cada vez sintiera que es más difícil retomar el contacto con cualquiera de mis amigos o de mis otros seres queridos, como si sintiera culpa por perderme de lo que ha pasado en sus vidas durante estos años en que estuve súper abocado a nosotros, a que las cosas estuvieran bien. No está mal que seamos muy unidos, pero nuestras relaciones con los demás no tendrían por que ser así...

El corazón de Damián se aceleró ligeramente, por temor, por sentir que en lo último que había dicho podía notarse toda su impotencia. Sin embargo, antes de que su cerebro trabajara al mil por ciento para pensar en cómo responder a los reclamos de su novia, esta se desvaneció en su sueño incontenible.

Tras quitar delicadamente su cabeza y colocarla sobre la almohada, Damián se levantó para apoyar sus brazos sobre la ventana y seguir observando la calle, en penumbra absoluta para cuando dieron las doce. El aire estaba húmedo, denso, frío. El chico se volvió para observar a su novia y sintió, sin saber bien si con amor o con resignación, que todo lo que no estuviera dentro de esa habitación representaba una soledad tan grande como un océano.

Adele - Million Years Ago


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I only wanted to have fun
Yo solo quería divertirme
Learning to fly, learning to run
aprendiendo a volar, aprendiendo a correr.
I let my heart decide the way
Dejé que mi corazón decidiera el camino
When I was young
cuando era joven.
Deep down, I must have always known
En el fondo, debí haber sabido siempre
That this would be inevitable
que esto sería inevitable.
To earn my stripes, I'd have to pay
Para ganar mis galones tendría que pagar
And bare my soul
y desnudar mi alma.

I know I'm not the only one
Sé que no soy la única
Who regrets the things they've done
que se arrepiente de las cosas que hizo.
Sometimes, I just feel it's only me
A veces siento que solo soy yo
Who can't stand the reflection that they see
quien no puede soportar el reflejo que ellos ven.
I wish I could live a little more
Quisiera poder vivir un poco más,
Look up to the sky, not just the floor
mirar al cielo y no solo al suelo.
I feel like my life is flashing by
Siento que la vida se pasa volando
And all I can do is watch and cry
y todo lo que puedo hacer es observar y llorar.
I miss the air, I miss my friends
Extraño el aire, extraño a mis amigos,
I miss my mother, I miss it when
extraño a mi madre, extraño cuando
Life was a party to be thrown
la vida era una fiesta a la cual arrojarse,
But that was a million years ago
pero eso fue hace un millón de años.

When I walk around all of the streets
Cuando camino por todas las calles
Where I grew up and found my feet
en las que crecí y encontré mis pies,
They can't look me in the eye
ya no pueden mirarme a los ojos,
It's like they're scared of me
como si me tuvieran miedo.
I try to think of things to say
Intento pensar en cosas que decir
Like a joke or a memory
como una broma o algún recuerdo,
But they don't recognize me now
pero ya no me reconocen ahora,
In the light of day
a la luz del día.

I know I'm not the only one
Sé que no soy la única
Who regrets the things they've done
que se arrepiente de las cosas que hizo-
Sometimes, I just feel it's only me
A veces siento que solo soy yo
Who can't stand the reflection that they see
quien no puede soportar el reflejo que ellos ven.
I wish I could live a little more
Quisiera poder vivir un poco más,
Look up to the sky, not just the floor
mirar al cielo y no solo al suelo.
I feel like my life is flashing by
Siento que la vida se pasa volando
And all I can do is watch and cry
y todo lo que puedo hacer es observar y llorar.
I miss the air, I miss my friends
Extraño el aire, extraño a mis amigos,
I miss my mother, I miss it when
extraño a mi madre, extraño cuando
Life was a party to be thrown
la vida era una fiesta a la cual arrojarse,
But that was a million years ago
pero eso fue hace un millón de años,
A million years ago
hace un millón de años...

jueves, 26 de marzo de 2020

Maestra



«Yo puedo ser muy buena gente, muy divertida, pero no aguanto cosas. Así que, si se portan mal, cambian las "a" por las "o" de mi apellido y paso de ser Tejada a ser ya saben qué...».

Así dio inicio a su primera clase con nosotros, cuando pasamos a tercero y una de las señales de ir acercándonos al final de la secundaria era, justamente, que las clases de literatura nos las dictase ella con esa personalidad tan criolla, con su fuerte carácter y aquella cínica visión de las cosas que tanto agradaba a mi versión de catorce años, que hasta hoy me generaría mucha afinidad por eso de que algunas cosas nunca cambian. Era una declaración seguramente repetida, con la que había recibido en su aula a cuántas generaciones de escolares antes que nosotros, pero que, sin embargo, se sentía fresca, pues en ninguna de esas palabras se percibía la fatiga de los años, ni la resignación de tener que lidiar indefectiblemente con más de un alumno problemático, ni la poca energía que uno esperaría al ver las grietas en su rostro, muy bien disimuladas por esa pose tan canchera que sabía tener al pararse junto a la pizarra.

Tras darnos su célebre introducción, paseó su penetrante mirada por varios de nosotros, y mi primera interacción con ella fue verla fijamente a los ojos, sin voltear a otro lado, casi desafiándola. Eran los últimos meses de la fase más rebelde de mi adolescencia. En realidad, aquel cruce de miradas no significó nada, o en todo caso, no marcaría la pauta de cómo sería mi relación con ella, pero lo recuerdo bien por lo tensos que fueron para mí esos segundos, al ver que doña Carmén no flaqueó un solo instante, como sí lo harían tantos otros profesores sin carácter y que tan poco peso tienen hoy en mis recuerdos de aquellos años. Desde el primer día dejó clara su frontalidad, la que tendría al enseñarnos sobre su curso y sobre la vida.

La de literatura fue la clase que más esperaba semana a semana por aquel año 2008. Me fascinaba la particularidad con la que nos eran presentados Cervantes, Calderón de la Barca, Goethe, Dostoyevski, Kafka, y tantos autores de la literatura universal que podían resultar densos para los despreocupados mocosos que éramos, pero que ella abordaba con gran ingenio y un estilo del humor ácido, entrañable, inteligente, que nunca volví a ver en ningún otro profesor con el que me haya cruzado en mis 26 de edad. No tardó en ganarse mi admiración, y mi cariño eterno lo obtendría desde el año siguiente, cuando pasó a ser nuestra tutora.

Qué jodido salón éramos. Ya desde sexto de primaria protagonizamos un par de escándalos relacionados con fiestas y alcohol. Desde primero de secundaria muchos comenzamos a probar nuestros primeros cigarrillos, a pelearnos en la calle, a caminar descaradamente con enamoraditos y enamoraditas apenas salíamos de clases, con el uniforme mal puesto y chupándonos un huevo todo. Desde tercero, algunos ya caían en el desacato directo, en la insolencia desafiante en la cara la de la autoridad. Todo eso, en el contexto de un colegio de monjas clasemediero, era bastante con lo que lidiar para el blando perfil de la mayoría de nuestros profesores. Con todo eso se encontraría, lo sabía bien y estaba preparada para asumirlo.

En las dos horas semanales de tutoría que teníamos con ella estuvieron varias de las más grandes lecciones que pude aprender durante mi época colegial. 'La Tejada' era, tal vez, la persona adulta con mayor tino y equilibrio que haya conocido en su trato con los jóvenes. Era creyente sin ser cucufata, culta pero con calle, estricta sin ser insensible, pícara sin ser vulgar, pragmática sin ser conformista, preocupada sin ser sobreprotectora, fuerte de carácter pero nunca antipática, y lo más único en ella: era sabia sin resultar sermoneadora.

Regulaba muy bien sus decibles al momento de llamar la atención, de desahuevar, de aleccionar o de transmitir algún mensaje. Analizaba con precisión a sus estudiantes, exigiéndoles de acuerdo al potencial de cada uno y dirigiendo sus mensajes de forma muy cercana, pese a la variedad de personalidades que se conglomeraban en sus clases. Por supuesto que no era infalible, y otra virtud suya parecía ser el saber vivir con eso, dando todo de sí pero asumiendo que sus lecciones no calarían siempre en todos, teniendo la consciencia tranquila al respecto. «Nunca voy a dejar de aconsejarles, pero sé que a más de la mitad les entrarán mis palabras por una oreja y se les saldrán por la otra», nos decía seguido. Supongo que, para la mayoría, las atenciones de 'La Tejada' llegaban solo hasta ahí. Sin embargo, a mí me tocó el privilegio de ver de primera mano la verdadera magnitud de su dedicación.

A mediados del 2009 me nombró delegado del aula. Todo comenzó de forma muy normal, conmigo coordinando cosas sobre tareas, actividades, faltas, etc. Iba a su oficina a cumplir con lo mío y poco a poco empezaban esas pequeñas conversaciones. «¿Por qué "A" no hace las tareas, eh?», «¿A qué crees que se deba el mal comportamiento de "B"?». Se fue volviendo un hábito. Nos sentábamos a hablar sobre todo, sobre todos: de los tranquilos, de los intranquilos, de los aplicados que se descuidaban, de los que andaban enamorados, de los que estaban desatendidos, de los que podían tener problemas en casa. Pero no había un ápice de chismosería, pues ella una mostraba rectitud muy marcada en el manejo de la información: «Tranquilo, no me digas con quién está "C", no es asunto mío. Solo quiero saber si está distraída por algún chico o si hay algo más preocupante de fondo, porque de verdad ha bajado mucho sus notas». Constantemente me decía que confiaba en mi criterio, que le gustaba la forma en que analizaba el trasfondo de mis compañeros, que sabía ver las cosas con madurez, que le ayudaba mucho a saber mejor cómo llegar a ellos, que gracias. Las mayores muestras de confianza llegaron con preguntas como «Damián, me preocupa que en el curso "X" haya tantos jalados. Al único alumno al que puedo preguntarle esto eres tú, creo en tu honestidad: ¿en general todos andan en otra o el problema es el profesor "F" que enseña mal?» u otras como «¿Crees que todo esté bien con mi clase o hay algo que podría mejorarse?»

Fue de ese modo que entendí realmente su preocupación por todos: viéndola preguntarme cosas, pensando y repensando, buscando los detalles que derivaran en cualquier problema de alguno de nosotros, más allá de las horas de literatura o de tutoría en que estábamos a su cargo, más allá del pésimo sueldo como profesora que yo sabía que tenía. Era inspirador ver ese ímpetu, ese amor, y yo quería estar a la altura. En medio de mi apatía aprendí a querer de otra forma a mis compañeros, a todos, incluso a los que no eran y tal vez nunca llegaron a ser realmente mis amigos. Quería el bienestar de ellos y anhelaba ver en los ojos de mi tutora la mayor satisfacción posible dentro de la ingratitud propia de su profesión.

Nos hicimos grandes amigos sin que desaparezca la verticalidad, mi noción de su jerarquía como profesora. Solo una vez actuó como una gran cómplice: cuando el domingo 11 de octubre del 2009, se coludió conmigo y con mis padres para dejarme escapar de un retiro espiritual y llegar a tiempo al primer concierto que PXNDX ofreció en mi ciudad. Uno de los días más felices de mi adolescencia quedarán para siempre con su sello, por si no fueran ya suficientes los motivos para agradecerle.

Pasaron los meses, pasó un año más de escasas alegrías y grandes penas para 'La Tejada', pues dicho lapso dejó como saldo a dos de sus chicas embarazadas, a uno de sus chicos embarazando a una enamorada de otro colegio, y a más de un alumno viéndose absolutamente perdido de cara al fin de la secundaria, a la vida adulta que se avecinaba. En el día de nuestra clausura, pareciendo cargar con eso sobre sus espaldas pero viéndose a la vez tan voluntariosa como siempre, se acercó en un momento a solas y se despidió de mí con un gran abrazo, y soltando algunas de las palabras más reconfortantes que alguien me haya dicho en toda mi vida:  «Ha sido un honor conocerte y tenerte como mi alumno. Más allá de si fuiste aplicado, eres una de las mejores personas a las que me ha tocado enseñar». Si algo de eso es verdad, mucho, demasiado, tuvo que ver con lo que aprendí de su perseverancia, de su discreta pero inagotable vocación de enseñar, de ayudar.

Lamentablemente, aquella fue la última vez que intercambiamos palabras de forma sincera, al menos de mi parte. En adelante no podría volver a buscarla, no podría volver a sostener una conversación cómoda y tendida, por dos cosas que me dijo en dos momentos distintos, que pesarían sobre mí como una cruz por muchísimo tiempo. La primera fue: «Los años me han enseñado que, cuando un exalumno se cruza contigo por la calle y se te acerca, y te saluda y conversa bien contigo, es porque está yendo por un camino correcto. Pero si te ve y te evita cruzando la pista o haciéndose el loco, es porque no está dando buenos pasos en su vida». Lo otro fue una advertencia que me dio en más de una ocasión y a la que decidí ignorar contra todo y contra todos: «Esa chica te está manipulando, Damián. Perdóname si sueno muy seca o muy directa, o muy metiche, pero te lo digo por el gran cariño que te tengo, porque lo veo muy claro y porque no mereces vivir tan angustiado como creo que vives». 

Otras entradas de este blog pueden dar fe del caso omiso que hice a dichas palabras. En menos de dos años bloqueé a mi querida tutora en Facebook. Intenté convencerme de que era por los comentarios que dejaba en mis revoltosos posts de entonces sobre mi recién declarado ateísmo, sobre las nuevas ideas de izquierda que iba adoptando en las aulas preuniversitarias. Me decía que era porque me incomodaban sus criticas aunque fuesen constructivas, que esa era la razón principal, prácticamente la única. Minimicé por años cuánto pesó que Rebeca me hablara del "odio que la profesora siempre le había tenido", de cómo la señora Tejada "aprovechaba los momentos a solas para insultarla", o lo hacía en la calle de forma discreta cada vez que se cruzaban, o cuando me contaba cómo su esposo, el bibliotecario del colegio, llegó a "tocarla indebidamente cuando nadie veía", y muchas asquerosas calumnias más que recién se dignó a desmentir más de un lustro después, cuando la gran amistad con mi profesora prácticamente se había perdido.

Nunca llegué al punto de no saludarla o de alejarme si la veía por la calle. Mantenía la cordialidad de acercarme, de charlar un poco, pero solo pare decirle rápidamente que todo iba bien y en orden, y zafar de ahí lo antes posible. Me decía a mí mismo que, además del rechazo que me producía lo dicho por Rebeca y la obligación moral de ponerme de su lado, se trataba también de la vergüenza de haber tardado tanto en ingresar a la universidad y estar atrasado con respecto al resto de mi promoción, algo que contradecía al prometedor futuro que la profesora auguraba para mí. De eso me convencía, pero muy en el fondo sabía cuál era el verdadero motivo: que yo era miserable, y al sentirme así la estaba defraudando.

Mi alegría, mi vitalidad, mis esperanzas, mi juventud, todo lo bueno que podía tener un chico sano en sus tempranos veintes, se encontraba absorbido, hipotecado por un futuro incierto al lado de una persona que se encargó casi de todas las formas posibles de amarrarme a su lado, de encerrarme con ella en una burbuja en desmedro de mi relación con todos mis demás seres queridos, a toda costa, con todas las mentiras, amenazas y artimañas que fueran necesarias. Porque en mis completos cabales podía ser consciente de que yo seguía siendo una buena persona o al menos intentaba serlo, podía reparar en que no era el primero ni el último joven limeño que no comenzara la universidad inmediatamente después del colegio, podía notar que ninguna de mis acciones propias tenía por qué hacerme bajar la cabeza, pero... me avergonzaba ser el prisionero de esa hija de puta. Eso era.

Transcurrieron un par de años más y, después de mucho batallar, todo había quedado atrás. Ya no estaba en la misma situación, era alguien libre, renovado, dueño de sí mismo. ¿Por qué no la busqué? No termino de respondérmelo, pero tal vez sea la misma razón por la que no volví a acercarme a tantos amigos (incluida la única amiga a la que pienso hacer leer esto) que dejé abandonados durante mi tormentoso camino, por culpa, por vergüenza, por sentir que había pasado demasiado tiempo y que mi relevancia en sus vidas ahora era poca o nula. Por miedo al reproche, por el remordimiento de no poder dar una explicación satisfactoria a mi ausencia, por lo imposible que me era contar todo a la mayoría.

En agosto del 2018 volví a abrazar a la profesora Tejada. No fue por haberme armado de valor y haber ido por iniciativa propia a su encuentro. Fue en realidad un tristísimo abrazo en el velorio de su esposo. La tomé entre mis brazos con fuerza, casi desesperado, casi egoísta, en un abrazo que tuvo muy poco de condolencias y mucho de culpa. Prácticamente no intercambiamos palabras por la situación y el momento, y porque instantes después llegaron más personas para buscar consolarla en su irreparable pérdida, una que tocó también a  muchos exalumnos porque aquel bibliotecario, tan pacífico y gentil, también había sido alguien muy querido dentro de la institución. Sobra decir lo imbécil que me sentí al acercarme a su ataúd a mostrar mis respetos, por las putas mentiras que me tragué sobre él durante tanto tiempo.

Al año siguiente volví a cruzármela en la calle y ambos teníamos un semblante muy distinto al de nuestro último abrazo. A ella se le veía muy bien, saludable, en paz, y en ese momento yo podía decir lo mismo sobre mí. Le conté, con auténtico entusiasmo, que estaba a un par de semanas de terminar la universidad. Se alegró mucho y me felicitó. Por asuntos sin mucha importancia yo andaba con algo de prisa, así que le pregunté dónde estaba viviendo ahora y le prometí buscarla cuando tuviera ya mi bachiller para ponernos al día. Nunca tuvimos esa conversación. Nunca la podremos tener.

Durante la noche de ayer, de forma inesperada al menos para mí, la profesora Tejada nos dejó para siempre. A estas alturas no puedo decir con precisión cuán importante fui para ella entre tantos otros alumnos a los que dedicó sus enseñanzas, entre tantos "favoritos" que tuvo de incontables promociones, entre tantos otros ingratos que perdieron el contacto con ella y simplemente continuaron su camino sin mirar atrás. No me importa lo mucho que puedo haber caído del alto lugar de estima en el que me tenía. Solo hubiera querido explicarle que fui un idiota, que ella no tuvo culpa alguna en que yo desapareciera, que no fue algo personal, que lo mismo le hice a tantos otros seres queridos, que había aprendido la lección y jamás volvería a caer en un hoyo tan profundo. Ojalá pudiera contarle más a fondo sobre la persona que soy ahora, de los proyectos que tengo, de mis nuevos valores y de la seguridad que hoy impera pese a las dudas y los miedos humanos de siempre. Ojalá hubiera podido hablarle más de la chica con la que iba de la mano en aquel último día, a la que presenté como mi enamorada con todo el orgullo del universo. Ojalá hubiésemos tenido más tiempo, maestra querida. Ojalá no yo no hubiese perdido tanto el mío.

Muchas gracias por todo, aunque ya no pueda escucharme ni leerme. Algún día nos encontraremos ahí, en la eternidad de la nada.

Alice In Chains - Black Gives Way To Blue




I don't wanna feel no more
Ya no quiero sentir más,
It's easier to keep falling
se hace más fácil seguir cayendo.
Imitations are pale
Las imitaciones son pálidas,
Emptiness all
el vacío lo es todo,
Tomorrow's haunted by your ghost
el mañana es acosado por tu fantasma.

Lay down, black gives way to blue
Recuéstate, el negro abre paso al azul.
Lay down, I'll remember you
Recuéstate, te recordaré.

Fading out by design
Desvaneciéndome a propósito,
Consciously avoiding changes
evitando los cambios conscientemente;
Curtains drawn now it's done
las cortinas corridas, ya está hecho
Silencing all
Silenciándolo todo,
Tomorrow's forcing a goodbye
el mañana está forzando un adiós.

Lay down, black gives way to blue
Recuéstate, el negro abre paso al azul.
Lay down, I'll remember you
Recuéstate, te recordaré.



miércoles, 19 de junio de 2019

Causas y azares de un dolor


¿Cómo sentirse listo para lo que se venía? Desde el día uno, la pregunta inquietaba a Damián permanentemente. Algunas veces sentía urgente contestarla; otras, el solo plantearla parecía estéril. Y ahora, ya en el tramo final, la única respuesta era un angustiante "No lo sé".
A pocas cuadras de llegar, una imponente iglesia del barrio ya lucía sus decoraciones navideñas. Damián solía sonreír cuando se las topaba de noche, en el trayecto de regreso desde el distrito de Rebeca hacia el suyo. No obstante, aquellas luces y jardines ya no le transmitían alegría, o acaso era el propio muchacho quien ya no se dejaba envolver por ella. Porque ya ni Dios ni las ilusiones infantiles tenían cabida alguna en sus pensamientos. Él ya no creía en ellos, ni sentía que los mereciese en caso de que existieran.
Rebeca lo recibió sola en casa. Como en sus años de secundaria, los ahora jóvenes de diecinueve años volvieron a hacer el amor clandestinamente, acariciados por la tenue luz del atardecer que lograba colarse por las cortinas. Pero esta vez algo era distinto: tenían más presente que nunca que la profunda unión, la de ese instante, no era de dos, sino de tres. En cada oportunidad él besaba y acariciaba su vientre, que parecía pequeño para los ocho meses a cuestas. Se aferraba a ella, a ambas, buscando atrapar una pizca de la calidez que se mudaría al hogar de otros junto con su bebé. Entregaba todo su amor mientras aún tuviera ahí, juntas, a sus dos mujeres. Meses atrás, deambulando en una tarde de invierno, había escrito en una pared "Damián y Rebeca... y nuestra pequeña", como si aquellas palabras parchasen en algo su pérdida inminente.
Terminado el encuentro, la pareja se vistió para salir a pasear por los parques aledaños, deteniéndose en el que había albergado más conversaciones, peleas, reconciliaciones y promesas. Sentados en una banca se dieron un largo y silencioso abrazo. ¿Qué decir ahora?
Rebeca lucía serena, como segura de que superaría todo como sea. Sonriente rompió el hielo y comenzó a especular sobre cómo sería la niña. Damián, sorprendido por la calma de quien se llevaba la parte más difícil, se animó a seguir la conversación. Mientras hablaban de qué rasgos físicos podría heredar de cada uno, interiormente él anhelaba para su hija la dulzura que tanto adoraba de la madre, pero sin la fragilidad, la ansiedad, la inseguridad, o la permanente necesidad de protección de ésta. Quería que, por el contrario, tuviera aquella chispa de la familia paterna que el papá había perdido en su temprana juventud, sin saber exactamente cuándo ni cómo.
El entusiasmo de la charla se diluyó conforme se acercaba la hora de despedirse. A días del parto, Rebeca debía volar con sus padres hasta Chicago para consumar la adopción. Ellos, que no tuvieron contacto alguno con Damián durante el embarazo, se habían encargado de todos los trámites, así como de los cuidados que su hija requiriera. ¿Y qué le correspondía al chico? Por pedido de Rebeca y de sus padres a través de ella, él solo debía callar, no intervenir, y ocultar al mundo que tendría una hija.
Cuando la caída de la noche terminó con la conversación trivial, Rebeca acarició las mejillas de su novio para secarle las lágrimas.
—Todo va a estar bien —susurró solemne, pero provocando involuntariamente que Damián rompiera en llanto.
—Lo siento, soy tan insignificante... Perdóname, por favor. ¡Por mi cobardía decidiste hacer esto! —dijo el chico con la voz quebrada, temblando de impotencia.
—No, mi vida. Esto lo decidimos juntos y me alegra que me acompañaras dentro de lo que pudiste. Créeme, no hubiera sacado esto adelante sin ti a mi lado —Rebeca mantenía la calma con ternura.
—Te amo. Estoy muy orgulloso de tu fortaleza y te admiro demasiado. Por favor sé fuerte. Nos encontraremos apenas regreses.
—Estaré bien. Me voy a mantener fuerte por ti, por los dos. Si te caes, yo te levanto. Y al revés también, ¿recuerdas?
Tras despedirla, Damián partió en el viaje en bus más triste y solitario de su vida, llorando durante todo el trayecto ante la curiosidad de los pasajeros presentes. Al llegar a su barrio merodeó durante un rato por las calles que lo vieron crecer en tiempos más simples. Tenía que tomar aire, tragar el nudo en la garganta, entrar a casa y poner buena cara ante sus padres, como hizo tras cada episodio extremo que atravesó junto a Rebeca. Porque la vida era ingrata y el destino había puesto toda su crueldad sobre ambos.
¿Y cómo viviría después de esto? Tampoco había quien atendiera esta nueva pregunta. Lejos de que alguien se asomara para contestarla, a la vista solo había niños cruzando de la mano con sus padres en una dolorosísima imagen de lo que podría haber sido. Con ese panorama la alegría parecía alcanzable para cualquiera, excepto para él y para ella. La culpa y la infelicidad eternas eran aterradoramente palpables.

Entonces, ante este miedo inconmensurable, surgió la debilidad en forma de negación, la suspicacia de que tanta desdicha parecía improbable. “¿Y si no es cosa del azar?”. Porque Rebeca podía no haber sido del todo sincera, manipulándolo como parecía que había hecho antes. Porque por esa bebé volvieron a estar juntos. Porque todo lo atravesado desde los catorce años hasta ahí parecía demasiado castigo para un par de adolescentes.
De repente la depresión, el aislamiento, los desórdenes alimenticios, la desmedida dependencia, y sus amagues de suicidio, ya no lucían tan casuales todos juntos. Y aquel primer embarazo a los dieciséis, cortado por la cobardía de ambos, representaba suficiente culpa para compartir de por vida. Pero no. La explicación era que así es la vida. A Damián solo le tocaba recoger los pedazos de sí mismo, no victimizarse y continuar, seguir creyendo devotamente en la pureza de su amada sin buscar culpables, ya que era imposible, inimaginable, que todo fuese premeditado por ella... Y sin embargo, sí lo fue.

Keane - We Might as Well Be Strangers




I don't know your face no more
Ya no reconozco más tu rostro
Or feel the touch that I adore
ni siento las caricias que adoro.
I don't know your face no more
Ya no reconozco más tu rostro.
It's just a place I'm looking for
Es solo un lugar que estoy buscando.

We might as well be strangers in another town
Podríamos ser extraños en otra ciudad,
We might as well be living in a different world
podríamos estar viviendo en un mundo diferente.
We might as well...
Podríamos...
We might as well...
Podríamos...
We might as well...
Podríamos...

I don't know your thoughts these days
No conozco tus pensamientos en estos días.
We're strangers in an empty space
Somos extraños en un espacio vacío.
I don't understand your heart
Ya no entiendo tu corazón.
It's easier to be apart
Es más fácil estar separados.

We might as well be strangers in another town
Podríamos ser extraños en otra ciudad,
We might as well be living in another time
podríamos estar viviendo en otra época.
We might as well...
Podríamos...
We might as well...
Podríamos...
We might as well be strangers
Podríamos ser unos extraños,
Be strangers
ser extraños.

For all I know of you now...
Por todo lo que sé de ti ahora...
For all I know of you now...
Por todo lo que sé de ti ahora...
For all I know of you now...
Por todo lo que sé de ti ahora...
For all I know...
Por todo lo que sé...