jueves, 13 de agosto de 2020

Simbiosis

 
Sobre las once de la noche, Rebeca tenía la certeza de que le quedaban como máximo unos veinte minutos despierta. El coctel de píldoras que tomaba religiosamente, al menos por aquella época, la hacían caer rendida en un sueño profundo e infranqueable. En poco tiempo ella se ausentaría para volver a dejar a Damián solo con sus pensamientos, observando la habitación silenciosa y oscura.

Era sábado. Los pocos amigos del muchacho, todos ellos en sus tempranos veintes, se encontraban seguramente celebrando en algún lugar, teniendo una reunión bohemia conversando sobre fútbol, o alguna noche maratoneando con videojuegos. Otras ideas posibles eran la de juntarse a conversar en un bar con un par de whiskies, o simplemente quedarse en casa con alguna serie o película de Netflix.

Dos reflexiones cruzaron la mente de Damián. La primera fue que sus amigos no podían abarcar todas esas actividades a la vez, porque la verdad era que él tenía muy pocos y los sentía cada vez más lejanos. De hecho, ¿qué estaría haciendo realmente Karl? ¿Se encontraría en casa riendo junto a sus amigos más contemporáneos, mientras se fuman todos unos pequeños porros de marihuana? ¿Y Fernando? ¿estaría en alguna fiesta "haciéndola" con alguien? Damián ni siquiera sabía si su mejor amigo, en ese momento, tenía novia. La segunda reflexión se sentía cruel, pero era muy palpable: cualquiera de esos planes hipotéticos parecía mejor que otra noche contemplando los pesados párpados de Rebeca.

Desde la cama, ya con las luces apagadas, el chico observó el cielo nocturno a través de la ventana y se concentró en el silencio, en la pasividad del acomodado barrio de ella que siempre se acostaba temprano, que no tenía ambulantes ni negocios informales que extendieran sus horarios hasta horas de la madrugada, careciendo de bullicio alguno. Sí, cualquier cosa parecía mejor que estar ahí, pero si no tuviese que pasar otro fin de semana acompañándola, cuidándola, ¿realmente tendría a dónde ir? ¿realmente percibiría ese sentido de pertenencia, camaradería y vivacidad? Además de su propia casa, ¿tenía él otro lugar que no fuera el de su mitad en aquella cama? No. Cualquier relación cercana con otros seres humanos parecía más lejana que lo que su novia se encontraría en pensamiento, una vez que los antidepresivos y ansiolíticos hicieran lo suyo.

Recordando que a ella aún le quedaban unos 10 minutos bien despierta, Damián devolvió la mirada al interior del cuarto, fijándola con frialdad en el techo. Con un poco menos de temor a expresarse libremente, esperando acaso que Rebeca no recordara nada al día siguiente, el muchacho buscó las palabras menos hirientes para expresar lo que sentía cada noche de sábado.

—De verdad no quiero desmerecer todo lo que has hecho por mí. Sabes que lo aprecio muchísimo y siempre estoy agradecido por toda tu entrega conmigo, con lo nuestro, pero... ¿No has pensado en que nuestra relación no es precisamente saludable?

Rebeca se acurrucó en su pecho cariñosa, ya un poco adormilada. Lo abrazó y, mirando a una pared, le contestó en un tono suave y neutro, pero sin poder ocultar del todo la preocupación ante la pregunta.

—¿Pero acaso no estamos bien?

Damián empezó a sentirse ansioso. Así comenzaban muchas de las discusiones sobre el grado de compromiso y el valor que cada uno tenía por la relación. Sin embargo, verla cada vez más somnolienta le traía alivio. Llevaba incontables fines de semana como ese y ya se sabía de memoria todo el proceso: para la mañana del domingo, Rebeca no recordaría lo hablando durante la última media hora despierta.

—Sí, lo estamos. No es que haya un problema entre nosotros, pero siento que está mal esta sensación de que, si no estuviera aquí contigo, realmente no tendría nada más que hacer ni nadie cercano con quién compartir. Y tú tampoco, y lo sabes.

—Bueno, sí, es verdad. Pero yo realmente no siento la necesidad de hacer otra cosa ni de pasar tiempo con otras personas. Solo me importa hacer mis cosas y el tiempo que tengo contigo.

—Ya lo sé, pero ese tal vez sea TU modo de ser. Así te conocí y no está mal, pero yo no era igual. ¿Recuerdas cuando teníamos 15? Siempre iba un viernes o un sábado en la noche a visitar a Karl, y los domingos en la mañana jugaba fútbol con Fernando, o lo buscaba para conversar. También ha pasado bastante tiempo desde que fui por última vez a un bar con mi hermano. No lo sé... No se siente bien el hecho de que no tengo otras opciones, más allá de que yo elija estar aquí contigo.

—¿Cuál es tu punto?— La repregunta de Rebeca llegó débil, casi como un susurro.

—Tenemos una dependencia el uno del otro que no está bien y que está cada vez más marcada. Me siento cada vez más lejos de todos, más extraño, más desconocido. Es como si cada vez sintiera que es más difícil retomar el contacto con cualquiera de mis amigos o de mis otros seres queridos, como si sintiera culpa por perderme de lo que ha pasado en sus vidas durante estos años en que estuve súper abocado a nosotros, a que las cosas estuvieran bien. No está mal que seamos muy unidos, pero nuestras relaciones con los demás no tendrían por que ser así...

El corazón de Damián se aceleró ligeramente, por temor, por sentir que en lo último que había dicho podía notarse toda su impotencia. Sin embargo, antes de que su cerebro trabajara al mil por ciento para pensar en cómo responder a los reclamos de su novia, esta se desvaneció en su sueño incontenible.

Tras quitar delicadamente su cabeza y colocarla sobre la almohada, Damián se levantó para apoyar sus brazos sobre la ventana y seguir observando la calle, en penumbra absoluta para cuando dieron las doce. El aire estaba húmedo, denso, frío. El chico se volvió para observar a su novia y sintió, sin saber bien si con amor o con resignación, que todo lo que no estuviera dentro de esa habitación representaba una soledad tan grande como un océano.

Adele - Million Years Ago


>


I only wanted to have fun
Yo solo quería divertirme
Learning to fly, learning to run
aprendiendo a volar, aprendiendo a correr.
I let my heart decide the way
Dejé que mi corazón decidiera el camino
When I was young
cuando era joven.
Deep down, I must have always known
En el fondo, debí haber sabido siempre
That this would be inevitable
que esto sería inevitable.
To earn my stripes, I'd have to pay
Para ganar mis galones tendría que pagar
And bare my soul
y desnudar mi alma.

I know I'm not the only one
Sé que no soy la única
Who regrets the things they've done
que se arrepiente de las cosas que hizo.
Sometimes, I just feel it's only me
A veces siento que solo soy yo
Who can't stand the reflection that they see
quien no puede soportar el reflejo que ellos ven.
I wish I could live a little more
Quisiera poder vivir un poco más,
Look up to the sky, not just the floor
mirar al cielo y no solo al suelo.
I feel like my life is flashing by
Siento que la vida se pasa volando
And all I can do is watch and cry
y todo lo que puedo hacer es observar y llorar.
I miss the air, I miss my friends
Extraño el aire, extraño a mis amigos,
I miss my mother, I miss it when
extraño a mi madre, extraño cuando
Life was a party to be thrown
la vida era una fiesta a la cual arrojarse,
But that was a million years ago
pero eso fue hace un millón de años.

When I walk around all of the streets
Cuando camino por todas las calles
Where I grew up and found my feet
en las que crecí y encontré mis pies,
They can't look me in the eye
ya no pueden mirarme a los ojos,
It's like they're scared of me
como si me tuvieran miedo.
I try to think of things to say
Intento pensar en cosas que decir
Like a joke or a memory
como una broma o algún recuerdo,
But they don't recognize me now
pero ya no me reconocen ahora,
In the light of day
a la luz del día.

I know I'm not the only one
Sé que no soy la única
Who regrets the things they've done
que se arrepiente de las cosas que hizo-
Sometimes, I just feel it's only me
A veces siento que solo soy yo
Who can't stand the reflection that they see
quien no puede soportar el reflejo que ellos ven.
I wish I could live a little more
Quisiera poder vivir un poco más,
Look up to the sky, not just the floor
mirar al cielo y no solo al suelo.
I feel like my life is flashing by
Siento que la vida se pasa volando
And all I can do is watch and cry
y todo lo que puedo hacer es observar y llorar.
I miss the air, I miss my friends
Extraño el aire, extraño a mis amigos,
I miss my mother, I miss it when
extraño a mi madre, extraño cuando
Life was a party to be thrown
la vida era una fiesta a la cual arrojarse,
But that was a million years ago
pero eso fue hace un millón de años,
A million years ago
hace un millón de años...

jueves, 26 de marzo de 2020

Maestra



«Yo puedo ser muy buena gente, muy divertida, pero no aguanto cosas. Así que, si se portan mal, cambian las "a" por las "o" de mi apellido y paso de ser Tejada a ser ya saben qué...».

Así dio inicio a su primera clase con nosotros, cuando pasamos a tercero y una de las señales de ir acercándonos al final de la secundaria era, justamente, que las clases de literatura nos las dictase ella con esa personalidad tan criolla, con su fuerte carácter y aquella cínica visión de las cosas que tanto agradaba a mi versión de catorce años, que hasta hoy me generaría mucha afinidad por eso de que algunas cosas nunca cambian. Era una declaración seguramente repetida, con la que había recibido en su aula a cuántas generaciones de escolares antes que nosotros, pero que, sin embargo, se sentía fresca, pues en ninguna de esas palabras se percibía la fatiga de los años, ni la resignación de tener que lidiar indefectiblemente con más de un alumno problemático, ni la poca energía que uno esperaría al ver las grietas en su rostro, muy bien disimuladas por esa pose tan canchera que sabía tener al pararse junto a la pizarra.

Tras darnos su célebre introducción, paseó su penetrante mirada por varios de nosotros, y mi primera interacción con ella fue verla fijamente a los ojos, sin voltear a otro lado, casi desafiándola. Eran los últimos meses de la fase más rebelde de mi adolescencia. En realidad, aquel cruce de miradas no significó nada, o en todo caso, no marcaría la pauta de cómo sería mi relación con ella, pero lo recuerdo bien por lo tensos que fueron para mí esos segundos, al ver que doña Carmén no flaqueó un solo instante, como sí lo harían tantos otros profesores sin carácter y que tan poco peso tienen hoy en mis recuerdos de aquellos años. Desde el primer día dejó clara su frontalidad, la que tendría al enseñarnos sobre su curso y sobre la vida.

La de literatura fue la clase que más esperaba semana a semana por aquel año 2008. Me fascinaba la particularidad con la que nos eran presentados Cervantes, Calderón de la Barca, Goethe, Dostoyevski, Kafka, y tantos autores de la literatura universal que podían resultar densos para los despreocupados mocosos que éramos, pero que ella abordaba con gran ingenio y un estilo del humor ácido, entrañable, inteligente, que nunca volví a ver en ningún otro profesor con el que me haya cruzado en mis 26 de edad. No tardó en ganarse mi admiración, y mi cariño eterno lo obtendría desde el año siguiente, cuando pasó a ser nuestra tutora.

Qué jodido salón éramos. Ya desde sexto de primaria protagonizamos un par de escándalos relacionados con fiestas y alcohol. Desde primero de secundaria muchos comenzamos a probar nuestros primeros cigarrillos, a pelearnos en la calle, a caminar descaradamente con enamoraditos y enamoraditas apenas salíamos de clases, con el uniforme mal puesto y chupándonos un huevo todo. Desde tercero, algunos ya caían en el desacato directo, en la insolencia desafiante en la cara la de la autoridad. Todo eso, en el contexto de un colegio de monjas clasemediero, era bastante con lo que lidiar para el blando perfil de la mayoría de nuestros profesores. Con todo eso se encontraría, lo sabía bien y estaba preparada para asumirlo.

En las dos horas semanales de tutoría que teníamos con ella estuvieron varias de las más grandes lecciones que pude aprender durante mi época colegial. 'La Tejada' era, tal vez, la persona adulta con mayor tino y equilibrio que haya conocido en su trato con los jóvenes. Era creyente sin ser cucufata, culta pero con calle, estricta sin ser insensible, pícara sin ser vulgar, pragmática sin ser conformista, preocupada sin ser sobreprotectora, fuerte de carácter pero nunca antipática, y lo más único en ella: era sabia sin resultar sermoneadora.

Regulaba muy bien sus decibles al momento de llamar la atención, de desahuevar, de aleccionar o de transmitir algún mensaje. Analizaba con precisión a sus estudiantes, exigiéndoles de acuerdo al potencial de cada uno y dirigiendo sus mensajes de forma muy cercana, pese a la variedad de personalidades que se conglomeraban en sus clases. Por supuesto que no era infalible, y otra virtud suya parecía ser el saber vivir con eso, dando todo de sí pero asumiendo que sus lecciones no calarían siempre en todos, teniendo la consciencia tranquila al respecto. «Nunca voy a dejar de aconsejarles, pero sé que a más de la mitad les entrarán mis palabras por una oreja y se les saldrán por la otra», nos decía seguido. Supongo que, para la mayoría, las atenciones de 'La Tejada' llegaban solo hasta ahí. Sin embargo, a mí me tocó el privilegio de ver de primera mano la verdadera magnitud de su dedicación.

A mediados del 2009 me nombró delegado del aula. Todo comenzó de forma muy normal, conmigo coordinando cosas sobre tareas, actividades, faltas, etc. Iba a su oficina a cumplir con lo mío y poco a poco empezaban esas pequeñas conversaciones. «¿Por qué "A" no hace las tareas, eh?», «¿A qué crees que se deba el mal comportamiento de "B"?». Se fue volviendo un hábito. Nos sentábamos a hablar sobre todo, sobre todos: de los tranquilos, de los intranquilos, de los aplicados que se descuidaban, de los que andaban enamorados, de los que estaban desatendidos, de los que podían tener problemas en casa. Pero no había un ápice de chismosería, pues ella una mostraba rectitud muy marcada en el manejo de la información: «Tranquilo, no me digas con quién está "C", no es asunto mío. Solo quiero saber si está distraída por algún chico o si hay algo más preocupante de fondo, porque de verdad ha bajado mucho sus notas». Constantemente me decía que confiaba en mi criterio, que le gustaba la forma en que analizaba el trasfondo de mis compañeros, que sabía ver las cosas con madurez, que le ayudaba mucho a saber mejor cómo llegar a ellos, que gracias. Las mayores muestras de confianza llegaron con preguntas como «Damián, me preocupa que en el curso "X" haya tantos jalados. Al único alumno al que puedo preguntarle esto eres tú, creo en tu honestidad: ¿en general todos andan en otra o el problema es el profesor "F" que enseña mal?» u otras como «¿Crees que todo esté bien con mi clase o hay algo que podría mejorarse?»

Fue de ese modo que entendí realmente su preocupación por todos: viéndola preguntarme cosas, pensando y repensando, buscando los detalles que derivaran en cualquier problema de alguno de nosotros, más allá de las horas de literatura o de tutoría en que estábamos a su cargo, más allá del pésimo sueldo como profesora que yo sabía que tenía. Era inspirador ver ese ímpetu, ese amor, y yo quería estar a la altura. En medio de mi apatía aprendí a querer de otra forma a mis compañeros, a todos, incluso a los que no eran y tal vez nunca llegaron a ser realmente mis amigos. Quería el bienestar de ellos y anhelaba ver en los ojos de mi tutora la mayor satisfacción posible dentro de la ingratitud propia de su profesión.

Nos hicimos grandes amigos sin que desaparezca la verticalidad, mi noción de su jerarquía como profesora. Solo una vez actuó como una gran cómplice: cuando el domingo 11 de octubre del 2009, se coludió conmigo y con mis padres para dejarme escapar de un retiro espiritual y llegar a tiempo al primer concierto que PXNDX ofreció en mi ciudad. Uno de los días más felices de mi adolescencia quedarán para siempre con su sello, por si no fueran ya suficientes los motivos para agradecerle.

Pasaron los meses, pasó un año más de escasas alegrías y grandes penas para 'La Tejada', pues dicho lapso dejó como saldo a dos de sus chicas embarazadas, a uno de sus chicos embarazando a una enamorada de otro colegio, y a más de un alumno viéndose absolutamente perdido de cara al fin de la secundaria, a la vida adulta que se avecinaba. En el día de nuestra clausura, pareciendo cargar con eso sobre sus espaldas pero viéndose a la vez tan voluntariosa como siempre, se acercó en un momento a solas y se despidió de mí con un gran abrazo, y soltando algunas de las palabras más reconfortantes que alguien me haya dicho en toda mi vida:  «Ha sido un honor conocerte y tenerte como mi alumno. Más allá de si fuiste aplicado, eres una de las mejores personas a las que me ha tocado enseñar». Si algo de eso es verdad, mucho, demasiado, tuvo que ver con lo que aprendí de su perseverancia, de su discreta pero inagotable vocación de enseñar, de ayudar.

Lamentablemente, aquella fue la última vez que intercambiamos palabras de forma sincera, al menos de mi parte. En adelante no podría volver a buscarla, no podría volver a sostener una conversación cómoda y tendida, por dos cosas que me dijo en dos momentos distintos, que pesarían sobre mí como una cruz por muchísimo tiempo. La primera fue: «Los años me han enseñado que, cuando un exalumno se cruza contigo por la calle y se te acerca, y te saluda y conversa bien contigo, es porque está yendo por un camino correcto. Pero si te ve y te evita cruzando la pista o haciéndose el loco, es porque no está dando buenos pasos en su vida». Lo otro fue una advertencia que me dio en más de una ocasión y a la que decidí ignorar contra todo y contra todos: «Esa chica te está manipulando, Damián. Perdóname si sueno muy seca o muy directa, o muy metiche, pero te lo digo por el gran cariño que te tengo, porque lo veo muy claro y porque no mereces vivir tan angustiado como creo que vives». 

Otras entradas de este blog pueden dar fe del caso omiso que hice a dichas palabras. En menos de dos años bloqueé a mi querida tutora en Facebook. Intenté convencerme de que era por los comentarios que dejaba en mis revoltosos posts de entonces sobre mi recién declarado ateísmo, sobre las nuevas ideas de izquierda que iba adoptando en las aulas preuniversitarias. Me decía que era porque me incomodaban sus criticas aunque fuesen constructivas, que esa era la razón principal, prácticamente la única. Minimicé por años cuánto pesó que Rebeca me hablara del "odio que la profesora siempre le había tenido", de cómo la señora Tejada "aprovechaba los momentos a solas para insultarla", o lo hacía en la calle de forma discreta cada vez que se cruzaban, o cuando me contaba cómo su esposo, el bibliotecario del colegio, llegó a "tocarla indebidamente cuando nadie veía", y muchas asquerosas calumnias más que recién se dignó a desmentir más de un lustro después, cuando la gran amistad con mi profesora prácticamente se había perdido.

Nunca llegué al punto de no saludarla o de alejarme si la veía por la calle. Mantenía la cordialidad de acercarme, de charlar un poco, pero solo pare decirle rápidamente que todo iba bien y en orden, y zafar de ahí lo antes posible. Me decía a mí mismo que, además del rechazo que me producía lo dicho por Rebeca y la obligación moral de ponerme de su lado, se trataba también de la vergüenza de haber tardado tanto en ingresar a la universidad y estar atrasado con respecto al resto de mi promoción, algo que contradecía al prometedor futuro que la profesora auguraba para mí. De eso me convencía, pero muy en el fondo sabía cuál era el verdadero motivo: que yo era miserable, y al sentirme así la estaba defraudando.

Mi alegría, mi vitalidad, mis esperanzas, mi juventud, todo lo bueno que podía tener un chico sano en sus tempranos veintes, se encontraba absorbido, hipotecado por un futuro incierto al lado de una persona que se encargó casi de todas las formas posibles de amarrarme a su lado, de encerrarme con ella en una burbuja en desmedro de mi relación con todos mis demás seres queridos, a toda costa, con todas las mentiras, amenazas y artimañas que fueran necesarias. Porque en mis completos cabales podía ser consciente de que yo seguía siendo una buena persona o al menos intentaba serlo, podía reparar en que no era el primero ni el último joven limeño que no comenzara la universidad inmediatamente después del colegio, podía notar que ninguna de mis acciones propias tenía por qué hacerme bajar la cabeza, pero... me avergonzaba ser el prisionero de esa hija de puta. Eso era.

Transcurrieron un par de años más y, después de mucho batallar, todo había quedado atrás. Ya no estaba en la misma situación, era alguien libre, renovado, dueño de sí mismo. ¿Por qué no la busqué? No termino de respondérmelo, pero tal vez sea la misma razón por la que no volví a acercarme a tantos amigos (incluida la única amiga a la que pienso hacer leer esto) que dejé abandonados durante mi tormentoso camino, por culpa, por vergüenza, por sentir que había pasado demasiado tiempo y que mi relevancia en sus vidas ahora era poca o nula. Por miedo al reproche, por el remordimiento de no poder dar una explicación satisfactoria a mi ausencia, por lo imposible que me era contar todo a la mayoría.

En agosto del 2018 volví a abrazar a la profesora Tejada. No fue por haberme armado de valor y haber ido por iniciativa propia a su encuentro. Fue en realidad un tristísimo abrazo en el velorio de su esposo. La tomé entre mis brazos con fuerza, casi desesperado, casi egoísta, en un abrazo que tuvo muy poco de condolencias y mucho de culpa. Prácticamente no intercambiamos palabras por la situación y el momento, y porque instantes después llegaron más personas para buscar consolarla en su irreparable pérdida, una que tocó también a  muchos exalumnos porque aquel bibliotecario, tan pacífico y gentil, también había sido alguien muy querido dentro de la institución. Sobra decir lo imbécil que me sentí al acercarme a su ataúd a mostrar mis respetos, por las putas mentiras que me tragué sobre él durante tanto tiempo.

Al año siguiente volví a cruzármela en la calle y ambos teníamos un semblante muy distinto al de nuestro último abrazo. A ella se le veía muy bien, saludable, en paz, y en ese momento yo podía decir lo mismo sobre mí. Le conté, con auténtico entusiasmo, que estaba a un par de semanas de terminar la universidad. Se alegró mucho y me felicitó. Por asuntos sin mucha importancia yo andaba con algo de prisa, así que le pregunté dónde estaba viviendo ahora y le prometí buscarla cuando tuviera ya mi bachiller para ponernos al día. Nunca tuvimos esa conversación. Nunca la podremos tener.

Durante la noche de ayer, de forma inesperada al menos para mí, la profesora Tejada nos dejó para siempre. A estas alturas no puedo decir con precisión cuán importante fui para ella entre tantos otros alumnos a los que dedicó sus enseñanzas, entre tantos "favoritos" que tuvo de incontables promociones, entre tantos otros ingratos que perdieron el contacto con ella y simplemente continuaron su camino sin mirar atrás. No me importa lo mucho que puedo haber caído del alto lugar de estima en el que me tenía. Solo hubiera querido explicarle que fui un idiota, que ella no tuvo culpa alguna en que yo desapareciera, que no fue algo personal, que lo mismo le hice a tantos otros seres queridos, que había aprendido la lección y jamás volvería a caer en un hoyo tan profundo. Ojalá pudiera contarle más a fondo sobre la persona que soy ahora, de los proyectos que tengo, de mis nuevos valores y de la seguridad que hoy impera pese a las dudas y los miedos humanos de siempre. Ojalá hubiera podido hablarle más de la chica con la que iba de la mano en aquel último día, a la que presenté como mi enamorada con todo el orgullo del universo. Ojalá hubiésemos tenido más tiempo, maestra querida. Ojalá no yo no hubiese perdido tanto el mío.

Muchas gracias por todo, aunque ya no pueda escucharme ni leerme. Algún día nos encontraremos ahí, en la eternidad de la nada.

Alice In Chains - Black Gives Way To Blue




I don't wanna feel no more
Ya no quiero sentir más,
It's easier to keep falling
se hace más fácil seguir cayendo.
Imitations are pale
Las imitaciones son pálidas,
Emptiness all
el vacío lo es todo,
Tomorrow's haunted by your ghost
el mañana es acosado por tu fantasma.

Lay down, black gives way to blue
Recuéstate, el negro abre paso al azul.
Lay down, I'll remember you
Recuéstate, te recordaré.

Fading out by design
Desvaneciéndome a propósito,
Consciously avoiding changes
evitando los cambios conscientemente;
Curtains drawn now it's done
las cortinas corridas, ya está hecho
Silencing all
Silenciándolo todo,
Tomorrow's forcing a goodbye
el mañana está forzando un adiós.

Lay down, black gives way to blue
Recuéstate, el negro abre paso al azul.
Lay down, I'll remember you
Recuéstate, te recordaré.



miércoles, 19 de junio de 2019

Causas y azares de un dolor


¿Cómo sentirse listo para lo que se venía? Desde el día uno, la pregunta inquietaba a Damián permanentemente. Algunas veces sentía urgente contestarla; otras, el solo plantearla parecía estéril. Y ahora, ya en el tramo final, la única respuesta era un angustiante "No lo sé".
A pocas cuadras de llegar, una imponente iglesia del barrio ya lucía sus decoraciones navideñas. Damián solía sonreír cuando se las topaba de noche, en el trayecto de regreso desde el distrito de Rebeca hacia el suyo. No obstante, aquellas luces y jardines ya no le transmitían alegría, o acaso era el propio muchacho quien ya no se dejaba envolver por ella. Porque ya ni Dios ni las ilusiones infantiles tenían cabida alguna en sus pensamientos. Él ya no creía en ellos, ni sentía que los mereciese en caso de que existieran.
Rebeca lo recibió sola en casa. Como en sus años de secundaria, los ahora jóvenes de diecinueve años volvieron a hacer el amor clandestinamente, acariciados por la tenue luz del atardecer que lograba colarse por las cortinas. Pero esta vez algo era distinto: tenían más presente que nunca que la profunda unión, la de ese instante, no era de dos, sino de tres. En cada oportunidad él besaba y acariciaba su vientre, que parecía pequeño para los ocho meses a cuestas. Se aferraba a ella, a ambas, buscando atrapar una pizca de la calidez que se mudaría al hogar de otros junto con su bebé. Entregaba todo su amor mientras aún tuviera ahí, juntas, a sus dos mujeres. Meses atrás, deambulando en una tarde de invierno, había escrito en una pared "Damián y Rebeca... y nuestra pequeña", como si aquellas palabras parchasen en algo su pérdida inminente.
Terminado el encuentro, la pareja se vistió para salir a pasear por los parques aledaños, deteniéndose en el que había albergado más conversaciones, peleas, reconciliaciones y promesas. Sentados en una banca se dieron un largo y silencioso abrazo. ¿Qué decir ahora?
Rebeca lucía serena, como segura de que superaría todo como sea. Sonriente rompió el hielo y comenzó a especular sobre cómo sería la niña. Damián, sorprendido por la calma de quien se llevaba la parte más difícil, se animó a seguir la conversación. Mientras hablaban de qué rasgos físicos podría heredar de cada uno, interiormente él anhelaba para su hija la dulzura que tanto adoraba de la madre, pero sin la fragilidad, la ansiedad, la inseguridad, o la permanente necesidad de protección de ésta. Quería que, por el contrario, tuviera aquella chispa de la familia paterna que el papá había perdido en su temprana juventud, sin saber exactamente cuándo ni cómo.
El entusiasmo de la charla se diluyó conforme se acercaba la hora de despedirse. A días del parto, Rebeca debía volar con sus padres hasta Chicago para consumar la adopción. Ellos, que no tuvieron contacto alguno con Damián durante el embarazo, se habían encargado de todos los trámites, así como de los cuidados que su hija requiriera. ¿Y qué le correspondía al chico? Por pedido de Rebeca y de sus padres a través de ella, él solo debía callar, no intervenir, y ocultar al mundo que tendría una hija.
Cuando la caída de la noche terminó con la conversación trivial, Rebeca acarició las mejillas de su novio para secarle las lágrimas.
—Todo va a estar bien —susurró solemne, pero provocando involuntariamente que Damián rompiera en llanto.
—Lo siento, soy tan insignificante... Perdóname, por favor. ¡Por mi cobardía decidiste hacer esto! —dijo el chico con la voz quebrada, temblando de impotencia.
—No, mi vida. Esto lo decidimos juntos y me alegra que me acompañaras dentro de lo que pudiste. Créeme, no hubiera sacado esto adelante sin ti a mi lado —Rebeca mantenía la calma con ternura.
—Te amo. Estoy muy orgulloso de tu fortaleza y te admiro demasiado. Por favor sé fuerte. Nos encontraremos apenas regreses.
—Estaré bien. Me voy a mantener fuerte por ti, por los dos. Si te caes, yo te levanto. Y al revés también, ¿recuerdas?
Tras despedirla, Damián partió en el viaje en bus más triste y solitario de su vida, llorando durante todo el trayecto ante la curiosidad de los pasajeros presentes. Al llegar a su barrio merodeó durante un rato por las calles que lo vieron crecer en tiempos más simples. Tenía que tomar aire, tragar el nudo en la garganta, entrar a casa y poner buena cara ante sus padres, como hizo tras cada episodio extremo que atravesó junto a Rebeca. Porque la vida era ingrata y el destino había puesto toda su crueldad sobre ambos.
¿Y cómo viviría después de esto? Tampoco había quien atendiera esta nueva pregunta. Lejos de que alguien se asomara para contestarla, a la vista solo había niños cruzando de la mano con sus padres en una dolorosísima imagen de lo que podría haber sido. Con ese panorama la alegría parecía alcanzable para cualquiera, excepto para él y para ella. La culpa y la infelicidad eternas eran aterradoramente palpables.

Entonces, ante este miedo inconmensurable, surgió la debilidad en forma de negación, la suspicacia de que tanta desdicha parecía improbable. “¿Y si no es cosa del azar?”. Porque Rebeca podía no haber sido del todo sincera, manipulándolo como parecía que había hecho antes. Porque por esa bebé volvieron a estar juntos. Porque todo lo atravesado desde los catorce años hasta ahí parecía demasiado castigo para un par de adolescentes.
De repente la depresión, el aislamiento, los desórdenes alimenticios, la desmedida dependencia, y sus amagues de suicidio, ya no lucían tan casuales todos juntos. Y aquel primer embarazo a los dieciséis, cortado por la cobardía de ambos, representaba suficiente culpa para compartir de por vida. Pero no. La explicación era que así es la vida. A Damián solo le tocaba recoger los pedazos de sí mismo, no victimizarse y continuar, seguir creyendo devotamente en la pureza de su amada sin buscar culpables, ya que era imposible, inimaginable, que todo fuese premeditado por ella... Y sin embargo, sí lo fue.

Keane - We Might as Well Be Strangers




I don't know your face no more
Ya no reconozco más tu rostro
Or feel the touch that I adore
ni siento las caricias que adoro.
I don't know your face no more
Ya no reconozco más tu rostro.
It's just a place I'm looking for
Es solo un lugar que estoy buscando.

We might as well be strangers in another town
Podríamos ser extraños en otra ciudad,
We might as well be living in a different world
podríamos estar viviendo en un mundo diferente.
We might as well...
Podríamos...
We might as well...
Podríamos...
We might as well...
Podríamos...

I don't know your thoughts these days
No conozco tus pensamientos en estos días.
We're strangers in an empty space
Somos extraños en un espacio vacío.
I don't understand your heart
Ya no entiendo tu corazón.
It's easier to be apart
Es más fácil estar separados.

We might as well be strangers in another town
Podríamos ser extraños en otra ciudad,
We might as well be living in another time
podríamos estar viviendo en otra época.
We might as well...
Podríamos...
We might as well...
Podríamos...
We might as well be strangers
Podríamos ser unos extraños,
Be strangers
ser extraños.

For all I know of you now...
Por todo lo que sé de ti ahora...
For all I know of you now...
Por todo lo que sé de ti ahora...
For all I know of you now...
Por todo lo que sé de ti ahora...
For all I know...
Por todo lo que sé...

lunes, 8 de abril de 2019

Cartas no enviadas: "Por fin puedo odiarte"


Recién llego a mi casa. Es casi media noche y estoy muriendo de sueño, pero simplemente no quiero dormir sin escribir esto, sin ametrallar con mis dedos toda la ponzoña que corre por mis venas en este preciso instante. No quiero perder ni una pizca de ella, y no esperaré a hacerlo mañana cuando esta se haya enfriado, cuando la compasión busque resurgir, cuando mi juicio de las cosas se ablande aunque sea un poco.

Gracias. Tengo que concederte el haber tenido la valentía de llamarme hoy por fin y, tras once años, haber puesto los puntos sobre las íes acerca de tus acciones, tus mentiras y toda tu mierda. Debe haber sido difícil, seguramente fue muy duro para ti ser totalmente transparente por primera vez (¡tras once años, por la puta madre!) en toda tu vida. No diré que te fue fácil vivir con eso, pero seguramente fue mucho más cómodo que la hidalguía el haberte escondido detrás de tus desórdenes y tus trastornos para todo, poniéndolos de escudo cada vez que busqué juzgarte por el daño que me hiciste. Y yo fui un imbécil, por supuesto, por no haber tenido el criterio de medir qué cosas no resultaban justificables.

Pero no. Esta vez no me voy a torturar por mi ingenuidad ni por todas mis malas decisiones; ya de eso hice bastante durante años. Ya me castigué, ya me fui bien al carajo yo solo y he estado aprendiendo por mi cuenta a salir de allí, así que ahora solo me enfocaré en lo que por fin (¡por fin!) puedo aseverar: que hay una culpable. No fue el destino, no fue el azar, no fue mi –ni nuestra– mala suerte; fuiste tú, con una intención impulsada por todos tus complejos, pero intención al fin y al cabo, consciente y calculada al milímetro. Fue por la decisión de alguien que sufrí como sufrí, y ahora puedo afirmarlo sin dudas ni vacilaciones.

La ira contenida por tanto tiempo por fin puede liberarse y fijar un objetivo, como si recién me diera permiso de sentirla. Porque cuánto me cuestioné, cuánto me pregunté como un idiota si no estaba siendo demasiado duro o demasiado noble contigo, cuánto reflexioné inútilmente sobre si estaba justificado el guardarte rencor. Porque así soy yo, porque mi sentido de la justicia y mi honestidad prevalecen hasta en las más complejas encrucijadas emocionales, allí donde muchos otros caen en la fácil pero comprensible tentación de abrazar el resentimiento que, razonado o no, justificado o no, sirve de transición hacia la catarsis y finalmente hacia la anhelada paz mental. Porque se comprueba una vez más que, sin ser perfecto, siempre fui cabal y sincero contigo y conmigo mismo. Fui mucho más de lo que hayas podido merecer jamás, aunque más de una vez me hayas convencido de lo contrario en el pasado.

Abusaste de mí, me manipulaste, me golpeaste, me mentiste, me aislaste de mis seres queridos, desgraciaste demasiados años valiosos de mi adolescencia y juventud, y quién sabe cuánto de ese daño quedará de por vida o en el largo plazo. No pude evitarlo porque, cuando quise alejarme, cuando tuve esos pequeños momentos de sobriedad, me retuviste mediante engaños que no tienen nombre, tan grandes y asquerosos que difícilmente alguien podría creer que así se dieron, que hubo alguien tan crédulo y cegado como para caer en ellos. Me secuestraste, me arrastraste hacia una vida que jamás debí haber tenido, que simplemente no merecía. Eres tú, pues, la responsable de mis más grandes complejos y padecimientos. Eres en mayor o menor medida la gestora de cada momento depresivo, de cada dolor de cabeza y ataque de ansiedad, de mis obsesiones y de mis traumas por el paso del tiempo (por los años que me hiciste perder), de mi soledad, de mi incomprensión, y del –afortunadamente– breve deseo de estar muerto que en algún fugaz momento tocó a mi puerta. 

Todo eso, recién ahora, puede comenzar a marcar el inicio de su final. Ya puedo empezar mi verdadero duelo, mi verdadero proceso de control de daños, porque por fin puedo reconocerme en el penoso papel de víctima (de TU víctima) que me tocó tener en esta historia. Por fin puedo llorar, asumirme como abusado, tener lástima de mí mismo y sentirme como la mierda, sin permitir que ni tú ni nadie se atreva a tildarme de autocondescendiente, minimizando mi dolor.

Gracias otra vez, por al menos darme la puta oportunidad de permitirme aborrecerte ya sin remordimiento, para que algún día, espero que pronto, pueda cerrar por completo las heridas que me dejaste; y quién sabe, hasta perdonarte también solo si mi salud mental así lo pide.

Al escribir estas últimas líneas voy dándome cuenta de que no te he insultado ni una sola vez ni te he aplicado adjetivo alguno a lo largo de este texto. Supongo que es un buen síntoma, una señal de que mi odio no es visceral ni está basado en la venganza o en un deseo de herirte. Porque aún después de esto espero que te vaya bien en la vida, que seas feliz y nadie te haga ni la décima parte de lo que me hiciste. No te deseo el mal; solo te odio por mi legítimo derecho de odiarte.

Ojalá cumplas con lo que juraste y jamás te vuelvas a aparecer. Hasta nunca. Adiós.


La siguiente canción va con dedicatoria: de mí para mi yo del pasado, que ahora mismo se encuentra tan presente.

Paramore - Hate to See Your Heart Break




There is not a single word
No existe una sola palabra
In the whole world
en el mundo entero
That could describe the hurt
que pueda describir el dolor,
The dullest knife just sawing back and forth
el más afilado cuchillo serruchando hacia atrás y hacia delante,
And ripping through the softest skin there ever was
rasgando a través de la más suave piel que haya existido.

How were you to know?
¿Cómo ibas a saberlo?
Oh, how were you to know?
Oh, ¿cómo ibas a saberlo?

And I
Y yo
I hate to see your heart break
odio ver que tu corazón se rompa,
I hate to see your eyes get darker as they close
odio ver tus ojos oscureciéndose mientras se cierran,
But I've been there before
pero he vivido eso antes.

And I
Y yo
I hate to see your heart break
odio ver que tu corazón se rompa,
I hate to see your eyes get darker as they close
odio ver tus ojos oscureciéndose mientras se cierran,
But I've been there before
pero he vivido eso antes.

Love happens all the time
El amor le ocurre todo el tiempo
To people who aren't kind
a personas que no son nobles,
And heroes who are blind
y a héroes que son ciegos
Expecting perfect scripted movie scenes
esperando guiones de perfectas escenas de película.
Who wants an awkward silent mystery?
¿Quién quiere un incómodo y silencioso misterio?

How were you to know?
¿Cómo ibas a saberlo?
Well, how were you to know-oh-oh?
Bueno, ¿cómo ibas a saberlo?

And I
Y yo
I hate to see your heart break
odio ver que tu corazón se rompa,
I hate to see your eyes get darker as they close
odio ver tus ojos oscureciéndose mientras se cierran,
But I've been there before
pero he vivido eso antes.

And I
Y yo
I hate to see your heart break
odio ver que tu corazón se rompa,
I hate to see your eyes get darker as they close
odio ver tus ojos oscureciéndose mientras se cierran,
But I've been there before
pero he vivido eso antes.

For all the air that's in your lungs
Por todo el aire que se encuentra en tus pulmones,
For all the joy that is to come
por toda la alegría que está por venir.
For all the things that you're alive to feel
Por todas las cosas que estas vivo para sentir,
Just let the pain remind you hearts can heal
solo deja que el dolor te recuerde que los corazones sanan.

Oh, how were you to know? (How were you to know?)
Oh, ¿cómo ibas a saberlo? (¿cómo ibas a saberlo?),
Oh, how were you to know?
¿cómo ibas a saberlo?

And I
Y yo
I hate to see your heart break
odio ver que tu corazón se rompa,
I hate to see your eyes get darker as they close
odio ver tus ojos oscureciéndose mientras se cierran,
But I've been there before
pero he vivido eso antes.

And I
Y yo
I hate to see your heart break
odio ver que tu corazón se rompa,
I hate to see your eyes get darker as they close
odio ver tus ojos oscureciéndose mientras se cierran,
But I've been there before
pero he vivido eso antes.

viernes, 1 de marzo de 2019

Conexión fallida


Una computadora con conexión a internet, en mi casa. Durante mi niñez no hubo objeto que anhelara más que ese. Hasta que mi deseo se cumplió a los 14 de edad, pasé buena parte de mis horas libres en las populares cabinas para jugar videojuegos solo o con amigos, o para chatear con las niñas que me gustaban en las incipientes redes sociales de aquellos días. El internet me parecía lo más fascinante que pudiera existir, una auténtica ventana al mundo con infinitas posibilidades, todo al alcance con tan solo algunos clics. ¿Será que pertenezco a la última generación que llegó a maravillarse con esto sin darlo por sentado, al menos en un inicio?

Las horas de alquiler siempre me quedaban cortas. Era común imaginar, especular sobre todo lo que haría con la conexión desde mi hogar: la música que podría descubrir y descargar, las veladas interminables jugando con mis amigos, el hacer mis tareas más rápido, el contar con tiempo de sobra para conversar con alguna chica de mi interés, o hacer vida social como no se me daba en persona. Salvo por cuando me dieran ganas de salir a jugar fútbol o a alguna de las esporádicas fiestas a las que asistía, de verdad podía imaginarme todo el día sentado en la bendita computadora sin remordimiento alguno.

Usualmente, aquellas cosas triviales que tanto deseábamos de pequeños terminan siendo una anécdota divertida, pero ese no es mi caso. Ahora, con 25 años de edad, no puedo más que ver con fastidiosa ironía cuánto quise ser parte de algo que hoy me agobia a diario. Porque tal vez era imposible anticipar la explosión, la proliferación de este mundo virtual tal como lo conocemos actualmente. Aunque aclaro: no es que sea intrínsecamente malo, sino que simplemente me cuesta mucho existir dentro de él.

Actualmente, y más aún con el uso de los smartphones, el internet lo es y lo abarca todo, cambiando por completo los conceptos de diversión, socialización, expresión e información. Todo es rápido, todo abunda y todo está al alcance, al menos dentro de las sociedades o comunidades que se encuentran conectadas. Y en ese escenario, cuando todo está ahí a tu disposición, ¿en qué te puedes excusar para ignorar algo, para no leer determinado libro disponible en PDF, no haber visto tal película, no enterarte de tal noticia, o tener pendiente aún el escuchar a tal cantante o banda? ¿Y cuál es el pretexto para no aprender? Porque si yo trabajo en comunicaciones, como es mi caso, ¿por qué no aprovecho el voluminoso material de aprendizaje que hay en YouTube u otras plataformas sobre diseño, edición, u otras cosas que me falten dominar? Y si me encanta la música y quiero aprender a cantar mejor o a tocar guitarra, ¿qué me falta para no hacerlo con tantos tutoriales gratuitos disponibles? La lista de culposos "hubieras" puede resultar infinita.

Continuando con mi caso, mi concepto de las cosas era distinto antes de todo esto. Cuando tenía 14 años y quería ser periodista, veía a esta profesión con mucho mayor respeto, porque los referentes del gremio solían estar mucho más informados y ser relativamente más cultos que el común de la gente, ganándose así su lugar. Hoy casi cualquiera tiene la posibilidad de estar en esa condición, ya que no es necesario sentarse todo el día en una sala de redacción para estar enterado de lo que ocurre en el mundo, y los medios tradicionales han perdido la relevancia de antaño. Entonces, cuando las cosas se dan así, cuando me doy cuenta de que lo poco que aprendí fue mucho más por mi cuenta que dentro de las aulas universitarias, el tiempo y el esfuerzo mal invertidos comienzan a angustiarme. Percibo a mi carrera como un desperdicio; y en cierto punto, a mí mismo también. Luego, partiendo de ese punto, mi día a día se vuelve en una ridícula y agotadora búsqueda de valor para todo en lo que invierta mi tiempo: el trabajo, mis pasatiempos, y hasta mi ocio, deben tener trascendencia. Si no es así, mi vida no vale nada.

Tengo que ver todas las series que pueda, escuchar a todos los clásicos de mis géneros musicales favoritos, buscar las obras más importantes de la historia de la literatura, ver y leer sobre ciencia, cultura o filosofía. Tengo que viajar, conocer, pararme dentro de esos hermosos paisajes que veo en fotos de viajeros en Instagram. Tengo que adquirir los conocimientos para crear algún contenido o proyecto que genere repercusión para que se me recuerde. Tengo que hacer algo, ganarme un respeto, justificar el aire que respiro y el espacio que ocupo en este mundo. Tengo que absorber lo más que pueda de entre todo lo bueno que haya creado la humanidad, apreciarlo y contemplarlo sin que se me pase nada, u omitiendo la menor cantidad de cosas posible. Tengo que, tengo que, tengo que. Porque la vida es una, una sola, sin nada más tras la muerte, y simplemente no quiero soltar mi último aliento sin haber apreciado todo lo bello y reconfortante que hay en este planeta.

Pero mis limitaciones humanas me impiden abarcar tanto. Y eso, justamente, es aquello contra lo que no sé cómo lidiar. Es lo que el internet y las redes, con los que tengo que toparme siempre por mi insatisfactorio trabajo y por mi ritmo de vida, me restriega en la cara todos los días. Sin embargo, aunque así se sienta, la verdad es que no puedo culpar a este gran invento del ser humano por mi pequeñez. Esta herramienta ha abierto incontables oportunidades para muchos. A mí, personalmente, me permitió algunos de los pocos logros que puedo ostentar, mientras que también me dio a conocer a mi mejor amiga y a la mujer a la que amo. No es poca cosa, pues, pero al ver cómo tantas, pero tantas personas la usaron para llegar a lo más alto con mérito y creatividad propios, o que simplemente la han usado como un impulso para sus carreras, cuales fueren, no puedo más que sentirme como un inútil.

El único culpable soy yo, el tipo cuya ansiedad y depresión, cuya falta de rumbo, y cuyos demonios, no le permiten desenvolverse ni apreciar la inmensa cantidad de posibilidades de su era; y que en vez de eso se aterra y empequeñece ante ellas. Porque al final de todo y al margen del contexto, no existe objeto, ente, circunstancia, o era de la historia universal, que me quite la responsabilidad de mi propio fracaso.

El pequeño Damián no pecó de ingenuo; fue su versión adulta la que ahogó su fascinación y espíritu, y ahora no sabe cómo sanarlos.


Arcade Fire - Modern Man




So I wait my turn, I'm a modern man
Pues, espero mi turno, soy un hombre moderno.
And the people behind me, they can't understand
Y la gente detrás de mí, ellos no pueden entender.
Makes me feel like...
Me hace sentir como...
Makes me feel like...
Me hace sentir como...

So I wait in line, I'm a modern man
Esperando en la fila, soy un hombre moderno.
And the people behind me, they can't understand
Y la gente detrás de mí, ellos no pueden entender.
Makes me feel like
Me hace sentir como...
Something don't feel right
Como si algo no se sintiera bien.

Like a record that's skipping
Como un disco tocándose,
I'm a modern man
soy un hombre moderno.
And the clock keeps ticking
Y el reloj sigue avanzando,
I'm a modern man
soy un hombre moderno.
Makes me feel like
Me hace sentir como...
Makes me feel like
Me hace sentir como...

In my dream I was almost there
En mi sueño casi estuve ahí,
Then you pulled me aside and said "You're going nowhere"
pero me empujaste diciéndome "No vas a ningún lado".
They say "We are the chosen few
Ellos dicen: "Nosotros somos los elegidos
But we're wasted
pero estamos desgastados,
And that's why we're still waiting
y es por eso que seguimos esperando
On a number from the modern man
con un número del hombre moderno.
Maybe when you're older you will understand
Quizá cuando seas mayor entenderás.
Why you don't feel right?
¿Por qué no te sientes bien?
Why you can't sleep at night now?"
¿Por qué ya no puedes dormir por las noches?".

In line for a number but you don't understand
En fila por un número pero tú no lo entiendes
Like a modern man
como un hombre moderno.
In line for a number but you don't understand
En fila por un número pero tú no lo entiendes
Like a modern man
como un hombre moderno.

Oh I had a dream I was dreaming
Oh, tuve un sueño, estaba soñando.
And I feel I'm losing the feeling
Y siento que he perdido los sentimientos.
Makes me feel like...
Me hace sentir como...
Like something don't feel right
Como si algo no se sintiera bien.
I erase the number of the modern man
He borrado el número del hombre moderno.
Want to break the mirror of the modern man
Quiero romper el espejo del hombre moderno.
Makes me feel like...
Me hace sentir como...
Makes me feel like...
Me hace sentir como...

In my dream I was almost there
En mi sueño casi estuve ahí,
Then you pulled me aside and said "You're going nowhere"
pero me empujaste diciéndome "No vas a ningún lado.
I know we are the chosen few
Yo sé que somos los elegidos,
But we waste it
pero estamos desgastados,
And that's why we're still waiting
y es por eso que seguimos esperando
In line for a number but you don't understand
en fila por un número pero tú no lo entiendes
Like a modern man
como un hombre moderno.
In line for a number but you don't understand
En fila por un número pero tú no lo entiendes
Like a modern man"
como un hombre moderno".

If it's alright
Si esto está bien,
Then how come you can't sleep at night?
entonces, ¿cómo es que no duermes por las noches?
In line for a number but you don't understand
En fila por un número pero tú no entenderás,
Like a modern man
como un hombre moderno.

I'm a modern man
Soy un hombre moderno.
I'm a modern man
Soy un hombre moderno.
I'm a modern man
Soy un hombre moderno.
I'm a modern man
Soy un hombre moderno.

jueves, 26 de julio de 2018

Pamela (Parte 1)


Quiero sexo casual esta noche. Eso me dije así, tan suelto de huesos, un jueves del invierno de 2017, meses después de terminar una relación de más de nueve años. Aunque no buscaba nada para el corazón, el cuerpo sí se inquietaba por tener algún encuentro físico; no por la abstinencia, sino por la gran expectativa de estar disponible tras tantísimo tiempo. Pero pese al tono caprichoso de la primera oración, no me malentiendan: no era como si se me antojara un dulce y bastara con salir corriendo a comprarlo. 

Esa certeza de las cosas no pertenecía en absoluto a este ámbito de mi vida. Nunca fui alguna suerte de macho alfa que pone la bala donde pone el ojo, y ni siquiera estaba seguro de irradiar algún tipo de sensualidad en las mujeres. De hecho, aquella relación de casi una década abarcó un crucial periodo entre mis catorce y mis veintitrés de edad, impidiéndome aprender todos los rituales y estrategias de seducción que casi cualquiera va conociendo, en mayor o menor medida, cuando está joven, soltero y sin compromiso. 

¿De dónde provenía esa relativa confianza, entonces? De dos hechos que se habían dado durante el último mes.

Ganando impulso

Años atrás, cuando me hallaba sumido en una profunda depresión y soledad (sí, ya sé que tenía novia, pero había otros vacíos), guardaba la penosa costumbre de ingresar a plataformas de chat como Omegle para buscar, en desconocidos, alguna charla profunda, una compañía amigable o alguien con quien desahogarme. Un plan que fracasó casi siempre, por cierto. Pero retomando el presente, me había percatado de que aquellas tristes motivaciones podían ser dejadas de lado, desviándome ahora hacia el atractivo principal para los usuarios de aquellos espacios: el sexting. ¿Por qué no probarlo?

Ya no habiendo una pareja a la cual respetar (así soy yo, un moralista), quedaba totalmente libre de escribirme lo que quisiera con quien quisiera, explayándome a placer. Fue así como, en aquel terreno virtual, di rienda suelta a mi poco autoconocida imaginación y pude compartir gratas experiencias con no pocas mujeres, empleando solo palabras. Si bien tuve siempre la sensación de que había, en lo profundo de mí, un lado mucho más lujurioso y morboso, nunca lo había visto con tanta claridad, ni explorado con tanta libertad como en esas semanas, ante la satisfacción por los muy buenos comentarios que recibía de mis ocasionales acompañantes. Ya sé, me dirán que no se puede confiar en lo que diga cualquier desconocida, que lo pueden decir por compromiso, que seguro se lo dicen a todos. Bueno, para bien y para mal, una marcada e involuntaria costumbre mía es la de minimizar siempre, SIEMPRE, cualquier elogio que reciba. Así que créanme: basándome en la cantidad de buenas referencias y en el análisis de las mismas, cabía sentirme más o menos seguro de lo que mi cerebro pudiera maquinar para estos fines.

No obstante, aquellas "hazañas" solo pertenecían a un entorno anónimo, hecho exclusivamente para el lenguaje escrito. Mientras tanto, en el plano físico en el que se practica el sexo de verdad, estaba en nada en cuanto a la seducción, apenas aprendiendo a gatear para superar la inexperiencia, la timidez y el resto de inseguridades que traía tan arraigadas. En esa línea, el segundo hecho al que me refiero se dio fuera de esta zona de confort digital y fue lo que consolidó mis esperanzas de concretar, algún día, el ansiado one night stand.

Unas noches antes de la historia que hoy nos ocupa, me animé a acompañar a mi amigo Karl a una fiesta. Iba solo para tomar y relajarme, con cero expectativas de ligar por sentirme aún demasiado verde, casi estigmatizado por la enorme brecha entre mi interacción virtual y la que podía ofrecer cara a cara a una chica. No obstante, todo cambiaría gracias a una simpática joven de ojos verdes que me había estado mirando desde que llegué. Algunos tragos de más me animaron a acercarme a ella, y mientras bailábamos me dio aquel glorioso beso, el primero a otra mujer en demasiados años.

¿Cómo podía haberle gustado a esta chica, que era tan sexy y había captado la atención de casi todos los hombres del lugar? Aunque no me quedaba tan claro, pensé en algunos factores, pues a lo mejor había alguno que pudiera replicar para próximas experiencias. ¿Habrá sido el físico? No lo sé. Hago ejercicios en mi casa y creo que eso se nota un poco, pero en el balance general, dudo que mi apariencia llame la atención a primera vista; mucho menos con ese semblante serio y callado -por no decir aburrido- que siempre mantengo. ¿Habrá sido mi modo de ser? Tampoco lo sé. Traté de sonar divertido y ocurrente, pero si me diferenciaba de los hombres de onda más urbana que habían ido, seguro era por ese lenguaje tan odiosamente formal. ¿O le habrá gustado algo de eso?, ¿o habrá sido un gusto sin meditar de su parte?, ¿un capricho sin sentido? Quién sabe. Tal vez solo se alinearon los astros en los que no creo y fue un simple golpe de suerte. En fin...

No ocurrió mucho más esa noche, pero yo me sentí como si hubiera tocado el cielo. Considerando mi nula práctica en la materia, supongo que no estaba nada mal para una primera salida nocturna en la que no hubo nada premeditado.

¿Esta noche es la noche?

Volviendo al mentado jueves, sentí unas inusuales ganas de ir a una discoteca. Pese a que siempre odié bailar, de esa manera había conseguido cosas la vez anterior, así que quería volver a probar suerte. Para no ir solo llamé a Fernando, mi mejor amigo, un barman extrovertido y bohemio, exitoso en su chamba y con una facilidad natural para ligar con las chicas. Sorprendidísimo por mi propuesta, accedió sin chistar.

Llegamos a medianoche a una populosa discoteca del Centro de Lima, que contaba con ambientes en los que sonaban distintos géneros musicales. En uno ponían reggaetón, salsa y bachata; en el otro, música electrónica para armar fiestas rave. Entonces, tratando de repetir las circunstancias de la fiesta de días atrás, Fernando y yo optamos por los ritmos latinos.

Compramos unas cervezas y procedimos a tomar mientras analizábamos la escena. Por ser jueves había poca gente, y las chicas presentes habían acudido al local con grupos de amigos, de esos que se cierran y solo bailan entre ellos. Nos quedaba seguir tomando −en mi caso, para soltarme más− hasta que llegara un momento que pudiésemos aprovechar. El de Fernando llegó primero cuando una alegre morena se quedó sin pareja en su grupo y él le extendió la mano mientras sonaba una bachata. Yo quedé solo en mi rincón con mi trago en la mano. No sabía bailar esa música y rápidamente comencé a bajonearme por la situación.

Nunca deja de sorprenderme -y de frustrarme- la volubilidad de mi estado de ánimo. Si al salir de casa iba lleno de ímpetu y optimismo para concretar mi plan, ahora me sentía un absoluto fracasado. No llegaban más mujeres, Fernando ya besaba a su pareja de baile, y yo parecía condenado a quedarme colgado hasta que se acabara el alcohol. Iba visualizando lo que sucedería: Fernando se iría a un hotel con la morena; y como los hombres poseemos un código distinto al de las chicas y no nos acompañamos incondicionalmente, yo le iba a dar una palmada en la espalda por su hazaña, me despediría y volvería a mi casa sintiéndome ridículo, patético por siquiera imaginar que yo podía “campeonar” igual que él, igual que tantos otros. “¿En serio creíste que por esos encuentros virtuales y unos besos en una fiesta ya estabas a la altura de aquello que buscas?”. Algo así me decía a mí mismo. La frustración se convirtió en una suerte de tristeza y solo quería teletransportarme a mi cuarto, olvidar todo, nunca más planear algo como esto. Así de fácil podía ponerme fatalista cuando de estos menesteres se trataba, pues la inseguridad era muy marcada.

¿El giro soñado?

Pasó una media hora mientras Fernando seguía bailando. Yo mataba el rato tomando y comprando más cerveza, revisando mi celular como si me estuvieran llegando mensajes para hacerme el importante, el que tenía un motivo justificable para no estar moviéndose como el resto. Fui al baño por un par de minutos, y al volver había cambiado por completo el panorama la noche: Fernando y la morena habían desaparecido. Los fui a buscar por toda la discoteca, porque él no se habría ido sin avisarme. Al llegar a la zona de música electrónica lo vi parado junto a dos chicas nuevas.

—Se quitó la flaca con la que bailaba, pero me dejó su número. Me he encontrado a estas dos solitas y ya estoy pulseando a una. Tú mismo eres con la otra— me dijo él discretamente.

Me sorprendí por la rapidez de Fernando y me forcé a cambiar el chip en un segundo para asimilar este nuevo escenario, procurando dejar de lado el letargo en el que caí para concentrarme en el nuevo objetivo. Mi buen amigo se había quedado con la que a la vista era la menor y la más predecible: unos 19 años, cabello castaño, de expresiones infantiles y con un semblante extrovertido e irreverente, pero sin mayor profundidad. El prototipo de chica con el que él siempre se sintió más cómodo. La que a mí me había tocado, en cambio, me resultaba un tanto enigmática: su cabello era negro, lacio y corto; su rostro estaba conformado por unos grandes y profundos ojos negros de mirada distante que siempre apuntaban hacia un costado, rodeados de cejas y pestañas cuidadosamente delineadas; y debajo, tan llamativos, estaban sus labios pintados de un intenso púrpura. Usaba jeans y un top por el calor que hacía dentro de la discoteca, lo que me permitió apreciar el detalle más intrigante de su delgado cuerpo, sus tatuajes: un unicornio geométrico en el brazo izquierdo, una estrella de mar y unas curiosas barras de colores en el brazo derecho, y una mariposa en la muñeca de la misma extremidad. Figuras totalmente disímiles e inconexas que podían decirme todo o nada sobre ella.

—Damián, ellas son Andrea y Pamela, son primas— dijo Fernando, presentándomelas —. Voy con Andrea a la barra para comprarnos unas chelas y conocernos. Los dejamos. Me llamas para cualquier cosa.

Podía sonar a lo más simple del mundo, pero yo me sentía intimidado. Me había quedado solo, bastante ebrio, con una desconocida a la que no podía leer bien de primera impresión y con la que estaba comprometido a quedarme por el resto de la noche, por cuestiones de consideración social. Felizmente no estaba en la fase de "borracho feo": conservaba aún el equilibrio, articulaba bien las palabras y solo me sentía más suelto. A lo mejor podía usar los efectos del alcohol a mi favor... ¿o no? De repente, sentí cómo la timidez quedaba de lado.

Le ofrecí un poco de mi trago y lo bebió de golpe. Pamela continuaba mirando a un lado con cierta indiferencia; pero cuando volteó por un segundo y nuestros ojos se cruzaron, tuve una suerte de revelación: por algún motivo, sentí la total certeza de que le había gustado. No sabía cuánto, pero le gustaba. Mi usual perspicacia ya no estaba sesgada por la inseguridad y la cerveza parecía ser mi amiga en esta ocasión. Comencé a mover ligeramente hombros y cabeza al ritmo de la música, mientras intentaba iniciar una conversación.

—¿Vienes seguido por aquí?

—No, en realidad. Es la segunda vez que vengo.

—¿Cuántos años tienes?

—Veinte, ¿y tú?

—Veintitrés.

Durante ese primer intercambio de palabras fui acercándome a ella. —Ven, bailemos—, le dije, mientras enrollaba mi brazo en su cintura y la acercaba hacia mí. Y entonces... Bueno, lamento arruinar lo que sé que resultaría interesante para quien sea que lea esto y que a mí podría servirme como aprendizaje, pero la verdad es que no recuerdo bien qué diablos ocurrió durante la siguiente hora y media. En serio, la vida puede ser muy caprichosa, porque ese es el único momento hasta la fecha en que el alcohol me ha nublado de esa manera. En mi memoria, lo ocurrido en ese lapso permanece con lagunas, con solo algunas imágenes sueltas de lo sucedido.

Pamela comentó que llevaba un buen rato tomando con su prima, y eso se notaba por su forma cada vez más indiscreta de observarme de pies a cabeza. Estábamos, pues, en igualdad de condiciones, por lo que mi modo de hablarle se volvió más directo y confianzudo. Aunque no retengo las palabras ni los temas que se tocaron, recuerdo haberla hecho reír, recuerdo sentirme cómodo y haberle confesado que la noche hubiera sido un fracaso si no se aparecía, que en realidad no era mucho de salidas nocturnas y que estaba volviendo a tenerlas "después de un tiempo". Ella me contó que tuvo un día pesado en el trabajo, que necesitaba relajarse con urgencia y que "ahora se sentía bien", o algo así, mientras envolvía más estrechamente mi cuello con sus brazos.

En cierto momento pregunté por sus tatuajes, y aunque no recuerdo lo que me explicó de cada uno, sí me quedó claro que las motivaciones detrás de estos eran poco pensadas. Hasta me dijo que había un par de los que se había arrepentido y que planeaba cubrir o borrar. Esto me pareció interesante, ya que parecía tratarse de una chica impulsiva, que hace lo que se le antoja primero y lo medita después.

—¿Me dejas ver el tuyo?— preguntó, señalando mi brazo izquierdo. Me remangué la playera y le mostré el único tatuaje que tenía por aquel entonces: era Kenshin Himura, el protagonista del anime Samurai X.

—Está bonito, pero no sé mucho de anime. ¿Qué personaje es y por qué te lo tatuaste?

—Digamos que es mi personaje de ficción favorito y que me inspira mucho— respondí con brevedad. No me quise detener mucho en este tema, porque era un tanto personal y porque no sumaba a mi causa.

—Interesante...

Sus dedos se deslizaron suavemente desde mi brazo hasta mi pecho, donde su mano pasó a estirarse para palparlo detenidamente.

—¿Te han dicho que tienes un bonito cuerpo?— preguntó, volviendo a mirar hacia un lado y con un forzado tono ligero, como queriendo minimizar sus sugerentes palabras.

—No, nunca. Muchas gracias, tú eres muy atractiva— contesté, esbozando una sonrisa confidente mientras la miraba directo a los ojos.

No mentía en mi respuesta. Realmente no me lo había dicho nadie, jamás, o al menos no de modo aislado y basándose solamente en lo físico. Esa sola pregunta multiplicó mi ímpetu por mil. Tras haber percibido una indiferencia general de parte de todas las mujeres del lugar, sentía ahora una tremenda inyección de adrenalina. Las expectativas por ver qué ocurriría después no hacían más que crecer.

Seguimos conversando sobre otros temas superficiales que no recuerdo, pero que yo intentaba abordar de forma ocurrente, con un sarcasmo y un humor que parecían gustarle. Lo mejor era que me sentía cómodo porque, aunque el alcohol me ayudaba a soltarme y a mostrarme más alegre de lo usual, de cierto modo seguía siendo yo mismo. Buscaba luchar con mis propias armas, consciente de mis limitaciones y de las actitudes que no podía emular de Fernando ni de cualquier otro tipo más experimentado y avezado.

—¿Lo dices en serio?— expresó ante mi cumplido —Yo me siento gorda, no me gusta cómo me veo— completó, mirándose con cierta resignación y desdén. Había algo familiar en lo que me decía, pero simplemente lo ignoré en ese momento y pasé a halagarla.

—¿Bromeas? Eres muy guapa.

De repente, sintiendo que era el momento justo, la besé y fui muy gratamente correspondido. Nuevamente fue glorioso, tal vez aún más que la vez anterior en que no supe bien cómo se llegó a concretar. Es que así funciona conmigo: me gusta tener claro el contexto de las cosas, indagar, ahondar en las razones por las que alguien pueda interesarse o ver cosas positivas en mí. No solo me ayuda con la inseguridad, sino que también me genera un placer y una satisfacción especial, sea cual sea el ámbito de mi vida en que esta peculiaridad entre a tallar. Si hablamos del sexo y de la atracción, esa profundización en las motivaciones termina prendiéndome más.

Durante ese primer beso confirmé, ya al cien por ciento, que le gustaba tanto en lo físico como en lo que yo le daba conocer de mi personalidad. Tomé unos segundos para disfrutar aquel instante que se iba extendiendo, pero sin perderme en él. Un beso no era lo único que buscaba aquella noche, así que debía enfocarme plenamente en ello.

Fuimos por más cerveza. La música electrónica se tornaba más atmosférica, más psicodélica. Comencé a sentir cierto "viaje", a pesar de que el alcohol era la única sustancia que había en mi organismo. Ella parecía compartir esa sensación, sus movimientos eran cada vez más libres y despreocupados. Aferrada a mi cuello, cerró los ojos y se entregó al beat que retumbaba en nuestro ambiente.

—Wuuuuu...— soltó con suavidad a mi oído mientras bailaba, casi como un soplido, era un sonido muy fresco que hasta hoy está grabado en mi memoria.

Es justo desde este punto que puedo recordar con claridad todo lo que vino después. Seguimos besándonos en ese estado de relajación, todo fluía hasta que me pidió que la esperara un rato y se fue al baño. Tras regresar luego de cinco minutos, se colgó nuevamente de mi cuello para seguir bailando. Todo parecía seguir su curso cuando, de pronto, la conversación se fue hacia un punto inesperado...

—¿Te parecen simpáticas las chicas que están por allá?— y me soltó, de la nada.

—Bueno...— tomé una pausa mientras miraba al techo— Supongo que sí, pero ¿por qué preguntas eso?— respondí, sintiendo que se activaba en mí cierto estado de alerta, que sus palabras entraban a mis oídos con una extraña reminiscencia a situaciones ya vividas.

—Ah, bueno, no sé, lo decía porque te vi mirándolas, seguro que te gustan. Si es así, normal, ah. Yo me voy por ahí y te dejo para que bailes con ellas.

Puedo decir, con toda seguridad, que no me fijé en absolutamente nadie. Es algo que pude haber hecho cuando recién llegué con Fernando, pero una vez que encontré a Pamela, realmente no me interesaba ver a nadie más. Era lógico: ¿por qué me iba a desconcentrar de ella y a descuidarla, con lo que sé que me costaría comenzar desde cero con otra mujer del lugar?

Haber estado tantos años con una novia tan insegura y celosa me había dado dos cosas: primero, la capacidad de proyectar cuán graves eran esos sentimientos en otra persona a partir de pequeñas frases y gestos; y segundo, el tacto para abordar fricciones como la que estaba iniciándose con Pamela. He de decir que siempre detesté este tipo de escenitas con mi ex. Me parecían lo más absurdo del mundo por distintos motivos, pero sobre todo porque, como ya les dije y ya habrán notado, soy bastante tímido e introvertido. Mi propia naturaleza me vuelve poco propenso a acercarme a otras mujeres, además de que mi respeto y principios están firmemente establecidos. Justamente por eso es que hoy escribo esta historia: porque se trata de un episodio totalmente fuera de lo común en mi vida. Quizá debía concederle a Pamela que no me conocía... Pero no, tampoco me iba a engañar a mí mismo con esa falsa justificación

Claramente ella estaba viendo fantasmas, tal vez por algún efecto del alcohol en combinación con esas inseguridades guardadas. Solo con esas palabras, con ver cómo las pronunciaba, podía darme una idea de qué otras cosas podían seguir y qué otros potenciales momentos desagradables podían producirse. Pero, ¿estaba dispuesto a tomar al toro por las astas para conseguir esa noche de placer que buscaba? Toda la excitación previa me animó a intentarlo hasta donde se pudiera.

—¿Qué? No, nada que ver. Solo te estaba esperando. Te aseguro que no me fijaba en nadie más. ¿Para qué iba a hacerlo, si estoy tan bien contigo ahora?— respondí, ocultando mi molestia y tratando de alivianar la situación.

—Estabas mirando a esas chicas, estoy segura. No lo digo como si estuviera molesta, eh. Por mí, normal. Solo dime y te dejo para que hagas lo que más quieras— contestó, con una mal disimulada ofuscación.

—Nada que ver, Pamela. Ya te lo dije: estaba teniendo una noche de mierda hasta que te apareciste. La estamos pasando muy bien, me gustas mucho y no quiero bailar con nadie más, solo quiero pasarla contigo— le susurré mirándola a los ojos, con calma y ternura, tomándola del rostro y volviéndola a besar.

—Está bien, discúlpame... Perdona, es que soy muy desconfiada y a veces me pongo así, sobre todo cuando alguien me gusta tanto como tú.

—No te pido que confíes. Basta con razonarlo: después de todo lo que hemos hecho, ¿tú crees que iba a querer pasarla con alguien más? Ni siquiera hubo alguna que se haya fijado en mí antes que tú.

—Ja ja ja, claro que te miran, oye. ¿No te das cuenta o te estás haciendo el huevón?

—Sinceramente, yo no percibí que nadie más me mirara. Creo que solo son tus celos— le dije riéndome, y lo creía de verdad— Solo olvidemos esto y sigamos bailando, ¿sí?

—De acuerdo.

Luego de asentir me dio un largo y profundo beso, me abrazó fuerte, recorrió toda mi espalda con sus manos sin importar que nos estén mirando, y me mordió fuerte los labios. Mi lado instintivo se calentaba, mientras que mi lado racional notaba que, sin duda, ella buscaba marcar territorio, establecer que yo era "suyo" ante todos los presentes. Mi carácter me lo reprochaba: ¿cuánto iba a ceder de mi orgullo por "campeonar"? Sin tenerlo muy claro, solo me limité a seguir bailando con ella. Los besos continuaban, gustándome, pero sin tener ya esa calma de hacía un rato. Estaba atento a cada gesto suyo, tenía que intentar orientar su intensidad al ámbito carnal y a ningún otro más.

—Me gustas mucho, Damián, no sé qué tienes que me encantas. No sé qué me pasa, te juro que no es algo que le diría a alguien que recién conozco, pero es lo que siento.

—También me gustas mucho, Pamela— contesté, convencido de que mi sentimiento no tenía el mismo grado que el de ella. Los besos se volvieron aún más candentes.

—Vamos, bésame más, quiero sentirte. Así, mira...— Y su lengua entro con más impulso a mi boca, y sus dientes apretaron más fuerte mis labios.

Parecía ser el momento. Estaba excitado, ella me gustaba, aunque también le tenía un poco de miedo. No quería conversar más, ni revelar más de mí, ni dejar pasar el tiempo suficiente como para que se generara otra escena de celos o algo peor, porque así de impredecible la veía. Quería llevármela a la cama y que el sexo desenfrenado desahogara toda las pasiones vertidas en ambos. Era hora, lancé la propuesta indecente:

—Pamela, ¿no quisieras ir a otro lado para continuar esto?— le dije en seco, con un tono confidencial, transmitiéndole mis deseos.

—No lo sé... Es que yo no te quiero solo para eso. O sea, de verdad me gustas mucho, no te puedo negar que sí me dan muchas ganas de acostarme contigo y que podría hacerlo, pero no quiero que todo quede en esta noche— respondió, directa, sin ningún rodeo.

—Qué lástima, porque de verdad te tengo muchas ganas— le dije sonriente, pero el tono de decepción se me notaba.

—Además, ya es tarde y tengo que llevar a mi prima a su casa. Su mamá me encargó cuidarla y no le puedo fallar. Pero dame tu número y nos vemos otro día.

El desenlace no me hacía mucha gracia. Yo quería lo contrario, que nuestro encuentro no fuera más allá de esa madrugada, pero no iba a ser posible. Tenía que contestarle rápido y le dije que sí. Saqué mi celular e intercambiamos números.

¿Cómo iba a ser el contacto por WhatsApp hasta volver a encontrarnos? Veía muchos riesgos: hasta entonces, las conversaciones por chat podían volverse más personales e íntimas, generándose un vínculo que yo no buscaba. Tampoco quería manipularla generando una confianza que dejara abierta la posibilidad de algo sentimental, esas mentiras iban en contra de mis códigos de no engañar de esa manera a ninguna persona. Tenía, entonces, que apostar todo al siguiente encuentro, a que ahí se concretaría todo sin que se generasen confusiones. No debía dejar que pasara demasiado tiempo.

—No quiero esperar mucho más, de verdad quiero verte pronto. Sé que esta propuesta puede sonar rara y fácil no puedes, ¿pero sería posible que nos volviésemos a encontrar aquí mañana?

—Bueno... Tienes razón, yo tampoco quiero esperar tanto. Mira, no te lo aseguro, pero haré todo lo posible por venir. Hay que ir coordinando por WhatsApp, ¿te parece?

—Está bien— y la volví a besar intensamente a modo de despedida. Sabía que no podría hacerlo una vez que buscáramos a su prima.

Ser o no ser... un hijo de puta

Fernando y Andrea conversaban cerca de la barra. No andaban en nada juntos y solo parecía una alegre charla. Pamela la llamó y volvió a despedirse de mí, esta vez con un simple beso en la mejilla.

—Ojalá nos veamos mañana— susurró.

Tras llamar a Andrea y despedirse de Fernando, las damas se retiraron cuando bordeaban las 5 de la mañana. Camino al barrio, en el taxi, intenté resumir a mi amigo todo lo acontecido, recibiendo comentarios alentadores y respuestas positivas a cómo había manejado las cosas.

—Listo, ya la hiciste. Intenta no chatear mucho con ella y te la encuentras mañana. La flaca es loca, va a caer fácil y la vas a pasar de puta madre.



No sabía si podría planear las cosas de forma tan calculadora, si estaría dispuesto a mover todos los hilos necesarios para lograr mi meta, incluso aquellos que me llevaran a las acciones más egoístas y manipuladoras. La deseaba con todas mis fuerzas, moría porque nos entregásemos en lo que prometía ser uno de los más ardientes encuentros que pudiera aspirar a tener, pero no había más que sintiera por ella. Pamela, por su parte, deslizó que quería conocerme más, cuando en realidad yo prefería no indagar en su vida ni en los trasfondos de su personalidad. Quería quedarme solo con que yo le gustaba, con que ella me deseaba también, con que ambos buscábamos lo mismo.

La noche siguiente podía resultar un desastre o la más memorable de todas. Listo o no, ahí me esperaba...


Soda Stereo - Entre Caníbales



Una eternidad
esperé este instante,
y no lo dejaré deslizar
en recuerdos quietos
ni en balas rasantes
que matan.

Ah, come de mí, come de mi carne.
Ah, entre caníbales...
Ah, tómate el tiempo en desmenuzarme.
Ah, entre caníbales...

Entre caníbales
el dolor es veneno, nena.
Y no lo sentirás hasta el fin
mientras te muevas lento,
y jadees el nombre
que mata.

Ah, come de mí, come de mi carne.
Ah, entre caníbales...
Ah, tómate el tiempo en desmenuzarme.
Ah, entre caníbales...

Una eternidad esperé este instante...